Apuntes sobre el Manifiesto del Cine Pobre
Fotos: Leandro Maceo y Rafael Grillo
 

El Premio Nacional de Cine Humberto Solás nos dejó más de un legado, que no es solo su descomunal y sustantiva filmografía. Un cine de profundo valor estético y conceptual que erigió por más de 40 años de exuberante labor creativa. El Festival de Cine Pobre y el Manifiesto que sustenta este singular evento, son esas otras trazas que perduran en la génesis de un arte que ha de estar en el centro de la cultura cubana, en el multiplicado entramado institucional edificado por la Revolución, y en ese otro escenario, cada vez más mentado y teorizado, el de las nuevas tecnologías.

El texto titulado Manifiesto del Cine Pobre , escrito con sencilla pátina y lenguaje directo, redunda en los principios de una cinematografía que su autor llevó a la praxis en las últimas entregas de su obra. Las maneras de encarar la producción cinematográfica, los presupuestos estéticos de los que se valió, los ejes temáticos que le merodearon, son parte de las muchas huellas construidas por el creador anclado en una arquitectura cinematográfica provocadora.


 

Este texto, devenido principios, se presenta con un retrato del escenario de nuestras cinematografías, con lo que lacera el desarrollo orgánico de toda creación artística. El autor de Cantata de Chile (1975) lo formula en estos presupuestos:

“Cine pobre no quiere decir cine carente de ideas o de calidad artística, sino que se refiere a un cine de restringida economía que se ejecuta tanto en los países de menos desarrollo o periféricos, así como también en el seno de las sociedades rectoras a nivel económico-cultural…”.

Esta perenne verdad es uno de los desafíos del arte cinematográfico en nuestros pueblos de América, que evoluciona no exento de encontronazos. Se trata, por tanto, de hacer un cine comprometido con nuestra historia, cultura y tradiciones, materializado en filmes que no han de desentenderse de las problemáticas de la contemporaneidad.

Han de ser audiovisuales de claros valores sociales, culturales e ideoestéticos, renovados en medio de las limitaciones materiales que nos asechan: un reto poblado de obstáculos, también intelectuales, que persisten afincados en los diversos estratos de nuestras sociedades. Resulta, asimismo, un escenario complejizado por las arremetidas de los medios de comunicación reaccionarios y conservadores, al que se suman las pensadas campañas desestabilizadoras de la derecha global.

A todo este abanico, muchas veces de sofisticadas vestiduras, se añaden las estrategias geopolíticas y económicas que desbordan lo genuinamente político, impulsadas por los gobiernos de Occidente empeñados en aniquilar los valores e ideas de nuestros lúcidos pensadores.

Al respecto, el Manifiesto del realizador de Lucía (1968) precisa:

“El intento de globalización acentúa el abismo entre el cine pobre y un cine rico. Ello comporta, definitivamente, el peligro de la implantación de un modelo único de pensamiento, sacrificando a su paso la diversidad y la legitimidad del resto de las identidades nacionales y culturales”.

Solás no solo se distinguió por el posicionamiento en torno a las problemáticas de la realización artística y cinematográfica, o los saberes que le distinguen en este arte. Los peligros de una homogeneización cultural y del pensamiento fueron temas recurrentes en sus prácticas intelectuales, trascendiendo la etiqueta del “promotor”. Ese lúdico accionar lo materializó en el Festival de Cine Pobre, erigido en su período fundacional como el fértil espacio de las ideas progresistas y revolucionarias que han de distinguir al cine.


 

Amerita tomar nota de una reflexión (otra) del realizador de Un hombre de éxito (1986), para delinear un ángulo de su pensamiento cuya génesis es el compromiso:

“El artista tiene el privilegio y el don ―siempre que la sociedad le otorgue un espacio― de poder revelar un punto de vista, un pensamiento que, si es fructífero y enriquecedor, puede coadyuvar de manera importante a la transformación de la sociedad… Un hombre puede confesarse como conformista y vivir de esa manera, pero yo creo que la mayoría de esas personas no admitimos vivir conformistamente en la sociedad, queremos hacer nuestro aporte, cada cual a su manera. El artista no puede perder su oportunidad de influir positivamente en una trayectoria colectiva, ni puede hacer compromisos con el conservadurismo, con la pasividad, ni con la mentira, y si hace esto es que ha firmado un pacto con el diablo” [1].

La arquitectura global con ropaje homogeneizador —esa que trunca el pensamiento progresista, genuinamente cultural y revolucionario de nuestra geografía sudamericana—, así como sus implicaciones en el virtuoso escenario del cine, son parte de las huellas escritas por Solás en el Manifiesto que revive hoy como un texto aleccionador. El cineasta encauza sus preocupaciones hacia los derroteros de un peligro mayor:

“El intento de globalización acentúa el abismo entre el cine pobre y un cine rico. Ello comporta, definitivamente, el peligro de la implantación de un modelo único de pensamiento, sacrificando a su paso la diversidad y la legitimidad del resto de las identidades nacionales y culturales”.

Pero cabe significar otros peligros para nuestro cine, para nuestras culturas. Las dinámicas de las nuevas tecnologías, las estéticas, códigos o signos que traen consigo, son los otros desafíos que debemos encarar con lenguajes propios, con acentos renovados y estéticas de lúcidas envolturas.

No se trata solo de identificar y desmontar su basta arquitectura, sus signos homogeneizadores. Urge jerarquizar y socializar en América Latina, con pensada estrategia cultural, nuestros cimientos de identidad que el pensamiento occidental se aferra en despreciar e ignorar. Las políticas de la geografía continental han de engarzar valores comunes, ponderando también los que nos distinguen como naciones. El cine ha de servir al bien común de nuestros pueblos materializado desde las estrategias locales, pero imbricado en una articulación regional.

El cambio tecnológico en esta era, asociado al andamiaje digital y sus implicaciones en el cine, es parte de los apuntes que definen esta entrega de Humberto Solás. Su mirada se construye desde sus prácticas cinematográficas, incorporando esencias y cauces artísticos contra el pensamiento colonizador de vestidura contemporánea. El creador de Manuela (1966) desliza un capítulo que entronca con las fases productivas de la realización audiovisual:

“Hoy día, es la revolución tecnológica en el cine, la portadora de eficaces medios de resistencia a este proyecto despersonalizador, al consolidarse progresivamente nuevas posibilidades técnicas, que como en el caso del video digital y su ulterior ampliación a 35mm reducen notablemente los procesos económicos de la producción cinematográfica”.

Dos ideas secundan este apartado que cierra un ciclo vital de sus esenciales palabras:

“Ello repercute en una gradual democratización de la profesión, al desequilibrar el carácter elitista que ha caracterizado a este arte vinculado inexorablemente a la industria”.

“Aprovechar y estimular esta reducción de costos de producción, significará en un futuro inmediato la inserción en la cinematografía de grupos sociales y de comunidades que nunca antes habían tenido acceso al ejercicio de la producción del cine, a la vez que dará perdurabilidad a las incipientes cinematografías nacionales”.

La experiencia más descollante en nuestra Isla que entronca con esta relevante idea de Solás, es la obra ideoestética construida por el colectivo de la Televisión Serrana, una productora audiovisual de inéditos estamentos culturales, que fundó en la década de los 90 del siglo pasado el cineasta y realizador de televisión Daniel Diez.


 

Debemos seguir estudiando algunos de los signos distintivos de esta experiencia, no para multiplicarla o clonarla en nuestro país, más bien para identificar las muchas otras esencias que le caracterizan y que responden a los preceptos que Humberto Solás delineó.

Erigido como proyecto humanista que ha trascendido nuestras fronteras, Televisión Serrana apuesta por la socialización del conocimiento y las experiencias audiovisuales, la creatividad que se impone al obstáculo material, el sentido de pertenencia local construido en la obra audiovisual y en las prácticas comunitarias, la puesta en pantalla de los valores sociales y culturales presentes en las localidades serranas fotografiadas con pluralidad de miradas, y la construcción de un sello (o de muchos).

No basta, sin embargo, desarrollar estos esfuerzos solo hacia los entramados comunitarios, periféricos o al margen de los centros culturales. Desde una perspectiva audiovisual, los grandes desafíos del pensamiento pasan también por la edificación de obras que exigen complejas producciones.

Las series de televisión o de corte cinematográfico son cada vez más aceptadas por los receptores jóvenes. De estas propuestas, reciben y codifican con particular atención los procesos dramatúrgicos, narrativos y de puestas en escena que caracterizan al género. Son lenguajes y signos que circulan entre dos fronteras (cine y televisión), reciclando los resortes que le son propios, convirtiendo esta cualidad en una de las cartas de presentación ante el cambiante escenario de códigos perceptivos (cada vez más digitales), donde las múltiples pantallas son el “nuevo y revelador” espacio de socialización. Obviamente, esta llamada de atención no discrimina a los tradicionales géneros del audiovisual.

Solás complementa el tema con un sustantivo apunte que cierra otro ciclo de su pensamiento, de fundamentales valores ideoestéticos. Lo desarrolla conjugándolo con un desafío mayor: el de romper las hegemonías predominantes en las prácticas de distribución, que desconocen los valores y aciertos de las producciones nacionales. Estas experiencias están sustentadas por normas leoninas que limitan el abanico de miradas culturales, poniendo en una falsa pantalla (otra) la alabada pluralidad:

“Ello será el baluarte fundamental para escapar de un sentimiento de indefensión ante el vandalismo globalizador y permitirá legitimar, de una vez y por todas, la polivalencia de estilos, legados y propósitos de un arte que no será patrimonio de un solo país ni de una sola e impositiva concepción del mundo.

“Para que esto ocurra eficazmente, habrá que derribar el muro del control de la distribución cinematográfica por un solo grupo de mayores o transnacionales, que genera la alienación del público, al no tener este acceso a las obras de sus autores nacionales.

“Ello nos permitirá luchar contra el espectáculo de la violencia gratuita cinematográfica, que envilece a las audiencias y especialmente a los espectadores más jóvenes”.

El cierre del Manifiesto es aleccionador. Pone en el cenit de nuestras miradas un significativo apartado de la creación artística:

“Una gradual desalienación del público solo será fecunda si los diferentes gobiernos implantan acciones legales que apoyen la producción y la distribución de sus obras cinematográficas autóctonas”.

El necesario ejercicio de políticas públicas en favor del cine y del resto de los audiovisuales, ha de ser sustentado por estrategias que favorezcan el demandado abanico de dispares temas, de las acciones que jerarquicen diversas corrientes estéticas y modos de narrar, cuyos pilares artísticos y de realización sean fortalecedores de una o muchas identidades.

A los gestores de las políticas les asiste el deber de cristalizar acciones que contribuyan a la jerarquización de los principios fundacionales de la sociedad, con apego a las esencias que caracterizan a toda obra humana.

Todos estos preceptos, y muchos otros, han de estar al servicio de la responsabilidad social y los valores de una nación donde el creador es parte vital para su materialización. Unas políticas que no han de discriminar las otras culturas —las foráneas—, praxis sostenida por el ICAIC durante décadas, cuya mejor expresión es el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.
 

Notas:
1. Cine y compromiso. Humberto Solás: por un arte inconforme. Lucía López Coll. La Gaceta de Cuba. No 3, 1993.