Apuntes post coloquio: Promoción literaria y estructura ausente

Ahora tal vez se revuelque Umberto Eco en su tumba, también algún que otro lingüista, pero yo me disculpo, dejo a un lado la semiótica y prosigo.

El Segundo Coloquio Nacional de Narrativa, que con sede en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC capitalina sesionó entre los día 4 y 6 de este mes, nos dejó, como todo conversatorio que se respete, más interrogantes que certezas. O podríamos decir que nos dejó como única empírica certidumbre el hecho de que en tales eventos los temas más importantes son aquellos que no se agendan, y los planteamientos más incisivos —junto a las más claras respuestas— llegan luego de las despedidas de rigor, cuando el ambiente se distiende y quedan los amigos en pleno convite, ya no colegas en protocolar concierto.


 Segundo Coloquio Nacional de Narrativa, con sede en la sala Raúl Martínez Villena de la UNEAC capitalina
sesionó entre los día 4 y 6 de este mes. Foto: Tomado de la página de Facebook de la UNEAC

 

De acuerdo con el programa que oportunamente fue circulado, serían tres los temas en discusión:

1-Los novísimos escritores cubanos y la narrativa del siglo XXI;

2-Retos de la novela actual;

3-Comó se ve la literatura cubana en el mundo.

Resulta fácil apreciar que cada uno de estos asuntos daría de por sí para organizar no ya un coloquio, sino un congreso nacional. Afortunadamente la acertada selección de los panelistas propició que, a pesar del reto, se produjeran acercamientos serios, diversos y muy profesionales.

Sin embargo, existió un fantasma, un tema que gravitó en cada jornada como signo de estructura ausente, recurrencia obligada tras cada intervención, pues de una forma u otra siempre que se hable de escritores y literatura todo acabará convergiendo hacia una cuestión medular, a saber: La promoción, ese quehacer engorroso y esquivo, propiciador de que los días, los meses, los años de labor creativa, no queden reducidas al mero ejercicio de extroversión intelectual, ego acumulado en profusión alfabética, tema explícito o implícito para conciliábulos intelectuales.

Las categorizaciones grupales y de estética, la conceptualización o la valorización de géneros, la visión que se tenga de nuestra literatura ya sea dentro o fuera del país, estos o cualquier otro asunto —más allá de la lógica interrelación que también entre ellos subsiste— siempre pasarán, en primerísimo lugar, por el hecho incuestionable que la obra debe cerrar su ciclo vital, saliendo de las manos del escritor para encontrar su mejor o peor destino en manos de ese lector ideal que aguarda por el encantamiento.

Partamos del hecho de que en ninguna de las jornadas hubo medios de prensa para la cobertura del evento. Repito, hablamos del Segundo Coloquio Nacional de Narrativa, convocado y organizado por la Unión Nacional de Escritores de Cuba —con todo lo que se supone que ello implica, o debería—. Ningún medio: radial, escrito, televisivo ¿virtual? Ninguno: municipal, provincial, nacional. Nadie. Como si la literatura nacional y los asuntos con ella relacionados no existieran más allá del marco estratégico de las Ferias del Libro.

Ya en este punto, no puede asombrarnos entonces que en lo adelante todo funcione de manera tan elemental, austera, apenas suficiente. No puede asombrarnos que la publicación de un libro sea muchas veces misión odiséica, que una vez publicado nadie lo conozca —ni al libro, ni mucho menos al autor —, que no exista una crítica especializada que se interese en emitir los necesarios —aunque en modo alguno definitivos— juicios de valor estético.

Es irrefutable que a pesar de muy puntuales esfuerzos, esporádicas campañas y las oportunas excepciones que salvan toda regla, la actividad promocional en la literatura cubana ha quedado muchos kilómetros por detrás en relación al resto de las expresiones artísticas. El motivo fundamental podemos encontrarlo quizás en el hecho de que esta siga siendo acaso la única que, para bien o mal, depende exclusivamente de la subvención estatal, asignación de recursos siempre en correspondencia con las estrategias y prioridades, no con las necesidades y/o potencialidades de los escritores, ello en un país que debe contar con una de las mayores tasas de literatos “per cápita” a nivel planetario. Por otra parte encontramos a la muy cuestionable premisa de que en una sociedad como la nuestra, la cultura —salta a la vista que la referencia se dirige exclusivamente al ámbito literario— no debe plegarse a las exigencias del mercado.  

Y tampoco contribuye a aliviar el problema la falta de iniciativa a nivel institucional e incluso por parte de muchos escritores que no han descubierto —a algunos ni siquiera les interesa—  las posibilidades que las nuevas tecnologías han puesto a su alcance.       

De tal manera, fuese ya en los paneles matutinos, las extensas lecturas vespertinas o las animadas charlas, cuando no encendidas discusiones nocturnas, resultó evidente que la promoción efectiva de nuestra literatura, sea hacia dentro o más allá de este onírico archipiélago, deviene en esa estructura ausente que como clave inmediata permitiría dar coherencia a tanto esfuerzo y voluntad en un país donde —inversa desproporcionalidad, aunque alguna estadística diga lo contario— cada vez se escribe más y se lee menos. 

Bienvenidos entonces los coloquios, cualquiera que sea el tema convocado, más allá de semióticas, ausencias y estructuras, signos claros o difusos, simbología. Al final siempre, hasta que la realidad indique otra cosa, terminaremos hablando de lo mismo. Lo importante será que exista la posibilidad del diálogo, el aporte de ideas y la interacción respetuosa entre tantas voces dispares; que de vez en vez salgamos del obligado enclaustramiento que impone la solitaria creación, movidos todos por el objetivo común de que la literatura vuelva a ocupar el lugar que le corresponde dentro de nuestra sociedad, con personas cada vez más cultas y, por tanto, más libres.