Antes que Ely, Yo soy Malú

La participación cada vez más notoria de la mujer guionista y directora de filmes es, sin dudas, una tendencia internacional. La fiesta cinematográfica que constituye el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano así lo prueba. Pero la sociedad no puede conformarse con abrir espacios de participación femenina en la creación audiovisual, si tal apertura no viene acompañada de calidad estética. El máximo galardón de esta cita anual correspondió precisamente a la cineasta argentina Anahí Berneri, por su magnífica cinta Alanis.

Si nos ajustamos a las estadísticas, en la categoría documental, por ejemplo, concursaron 13 directoras frente a 10 directores. En la sección Latinoamérica en perspectiva, también el sector femenino tuvo buena representación. De hecho, la obra que obtuvo el premio Vigía, que otorga la subsede de Matanzas, fue Yo soy Malú, de la realizadora cubana Mayra Álvarez (Tati, como le decimos cariñosamente sus colegas de la prensa cinematográfica). Pudiera parecer un modesto galardón, sin embargo, cotejando la cantidad de premios otorgados y el número de obras participantes, se comprenderá mejor el significado real de poder alcanzar un lauro en este certamen.
 

Parte del equipo de realización de Yo soy Malú
 

Tan pronto leí la sinopsis en el catálogo del Festival, me sentí atraída por el tema: “Malú es una persona como cualquier otra: una joven llena de risas, sueños, esperanzas y metas. De pronto su vida dio un abrupto giro y todo pudo terminar definitivamente. Sin embargo, el tiempo le enseñó cómo reencontrarse”. A veces las sinopsis, en su afán de evitar los datos reveladores de la trama, se tornan demasiado ambiguas. Tal era el caso. No obstante, antes de llegar al cine, ya sabía que se trataba de una joven deportista discapacitada. No recuerdo cómo lo supe, pero eso no atemperó el impacto que produjo en mí la historia de Malú, contada con la total pericia y el suspense narrativo que exigía el estilo escogido por la realizadora.

Siento una atracción casi morbosa por el cine de vanguardia y experimental, pero con intensidad semejante aplaudo una película muy bien contada; sobre todo si su argumento proviene de un hecho real que de cierta manera se conecta con mi experiencia como sujeto. En este caso Malú y yo compartimos pasiones como el deporte y el baile; además, somos mujeres habitando una misma patria, una misma cultura y, en esencia, una misma realidad. No hacía falta mucho más para identificarme con ella.

Yo soy Malú simplemente documenta, mediante el testimonio de la propia Malú y sus familiares, amigos y compañeros, lo que la vida de esta joven fue, y lo que es a partir del evento inesperado que transforma su universo para convertirla en un sujeto especial. La realizadora aborda el tema utilizando algunos elementos propios del cine de ficción, como es la puesta en escena, donde se incluye la reconstrucción ficcional de algunos momentos. Por eso es tan fácil para el espectador establecer comunicación con la obra. A ello contribuye el carisma de la protagonista, cuyas declaraciones fueron cuidadosamente “administradas” para no sobresaturar emocionalmente al público. Me atrevería a decir que en este documental hubo incluso cierta dirección de actores. También es notable que se cuidó el aspecto escenográfico y la composición de la imagen cual si fuera una película de ficción; aunque hubo no pocos momentos donde la cámara participaba de forma espontánea frente al desarrollo natural de los hechos.

Uno de los elementos que más me impresionó fue la banda sonora, en especial la música, que fue manipulada con la intención dramática de ayudar a contar la vida de Malú, sin traicionar la naturaleza de los acontecimientos con un melodramatismo simplón. En esta obra de corte tradicional, la música realza un sentimiento, contrasta una situación, destaca un aspecto, prepara la entrada de un momento ríspido y amargo; pero nunca se convierte en vehículo sentimentaloide. Si lloré, se debió a la fuerte empatía que logra el documental al explotar con eficacia los recursos del lenguaje audiovisual, desde un montaje diáfano en apoyo de la estructura narrativa lineal, hasta el empleo de materiales de archivo, incorporando incluso filmaciones domésticas hechas con un teléfono móvil.

Pero Yo soy Malú no trata solo de cómo un ser humano reordena sus expectativas y avanza triunfante a pesar de que la vida pareciera tenderle trampas. El documental de Tati habla también del valor de la amistad, de la virtud de la esperanza y de la importancia de la fe y la tenacidad humanas. Hace poco leí una frase que me parece la más grande divisa que escuché jamás: “Anda y el mundo andará contigo; detente y el mundo andará sin ti”. Es una forma de interpretar el mensaje final de esta obra.

Es inevitable salir del cine con un sentimiento de reconciliación con el universo, y con la certeza de que podemos y debemos hacer más por nuestro bienestar y nuestra felicidad que, a veces, creemos depende de las cosas más banales y venales. En mi opinión este documental invita a viajar a nuestras esencias como seres humanos y espirituales, y a agradecer la íntima felicidad de estar vivos.

Como decía al principio, muchas cineastas acudieron al tradicional evento fílmico habanero. Pero no basta ser mujer o representar sujetos femeninos para que una obra exprese un punto de vista legítimo sobre la mujer. La propia vorágine festivalera provoca ver filmes con tesis opuestas en un mismo día. Por eso, tras haber disfrutado la sublime sencillez de una obra como Yo soy Malú, tuve el infortunio de ver Invisible, del director argentino Pablo Giorgelli. En este caso, se trata de Ely, una joven de 17 años, que estudia y trabaja para sostenerse, pues su madre sufre de una depresión crónica que la ha llevado a dejar el empleo, mientras sus días trascurren enclaustrada frente al televisor.

Ely queda embarazada. Presa del miedo y el desamparo en que vive, no sabe qué decisión tomar. A lo largo de todo el filme la vemos ir de un sitio al otro, verdaderamente sin rumbo, convertida en víctima de su propia inexperiencia y de los perversos mecanismos sociales. El tono ambiental y emotivo del filme es bien seco, digamos que austero; lo cual no siempre es signo de pertinencia estética. La historia es contada de modo directo, como si parados en un balcón viéramos la vida de Ely pasar. El drama hace un giro circular y termina donde mismo empezó. La jovencita vuelve a echarse en el sofá del pequeño apartamento donde vive con su madre inútil, y llorando se despide del público. El sabor de desgracia sin fin que queda en el espectador resulta enajenante.

Es cierto que el arte cinematográfico puede ser vehículo para denunciar la realidad opresiva del capitalismo, o criticar aspectos lacerantes de cualquier sociedad. Por otra parte, no es razón del cine ni de ninguna expresión artística ensayar soluciones a los asuntos que plantea. Pero también es cierto que hay obras fraguadas en el desaliento y la pesadumbre, y obras que proclaman la esperanza y la virtud humanas. Por más que lo piense, esta Ely que se invisibiliza ante todo y ante todos, no tiene nada que ver conmigo, y lo digo, incluso, tomando en consideración las ventajas y desventajas del sistema social en que vive. En cambio, le doy mi voto al documental de Tati: antes que Ely, Malú.