Antaño y hogaño

Al recorrer la sede principal en la vieja fortaleza de San Carlos de la Cabaña, en medio de la recién concluida  Feria Internacional del libro de La Habana, me encuentro en un stand de libros viejos, uno “nuevo” lleno  de las paradojas de la globalización.

Se trata de Costumbristas Cubanos del Siglo XIX —de 1985—, de la editora venezolana Biblioteca Ayacucho e impreso en Barcelona, España.

Es una edición de lujo, con prólogo del ensayista Salvador Bueno, y que reproduce trabajos de veintiún  autores cubanos, el más viejo, Manuel de Zequeira y Arango —8/agosto/1764-19/abril/1846—, considerado  por muchos como uno de los precursores del costumbrismo cubano, y el más nuevo: Julián del Casal, nacido en 1863 y muerto a los 30 años.


Cirilo Villaverde. Foto: Internet


El índice relaciona desde Anselmo Suárez y Romero y José Victoriano Betancourt —los más transcritos— a Cirilo Villaverde, una de las plumas más reconocidas de la literatura nacional.

Se incluyen a Antonio Bachiller y Morales —como compilador— y a alguien quien firma como Licenciado Vidriera, en clara alusión a un personaje de una de las Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes Saavedra,  aunque su estampa versa sobre la lidia de gallos y deja ver una culta facundia.

En tal inventario aparecen un total de 103 crónicas, reseñas, artículos o “estampas” costumbristas, si se entiende con toda su amplitud, su concepto como “expresión más o menos fiel de las costumbres típicas, las tradiciones o el folclore de un país o de una región en una obra artística o literaria”.

Del latín consuetudo (-udinis/consuescere:acostumbrar) el vocablo costumbrismo pone en tela de juicio modos de actuar, fundado en una tradición o adquirido por la tendencia a realizar siempre cierta acción de la misma manera, y que sociólogos y antropólogos admiten como el conjunto de cualidades, inclinaciones y modos de proceder que son distintivos de una persona, colectividad o nación.

Al decir del escritor, periodista y político español Mariano José de Larra: “No hubiera, pues, llegado nunca el género a entronizarse sino ayudado del gran movimiento literario que la perfección de las artes traía consigo: tales producciones no hubieran tenido oportunidad ni verdad, no contando con el auxilio de la rapidez de la publicación. Los periódicos fueron, pues, los que dieron la mano a los escritores de estos ligeros cuadros de costumbres, cuyo mérito principal debía de consistir en la gracia del estilo”.

Cuentan que tuvo origen a partir del siglo XIX, en Inglaterra, pero floreció con particular garbo en España —y seguidamente en Hispanoamérica—, para reflejar usos y costumbres sociales, en muchas ocasiones sin analizarlos ni interpretarlos críticamente.

Sin embargo, Salvador Bueno dice: “Si revisamos esas colecciones de periódicos y revistas —El Faro Industrial, El Álbum, El Aguinaldo Habanero, El Siglo— advertimos cómo por debajo de esta mera descripción de hábitos populares, de figuras pintorescas, como trasfondo de ese panorama colorido de la época palpita y hierve una protesta, se levanta una acusación, aunque tangencial y disimulada…”[3].

Ciento y tantos años después, el costumbrismo cubano se ha perdido de las publicaciones cubanas ni lo ejercen plumas reconocidas. Subsiste y hoy solo lo realizan humoristas y donde abunda, circunstancial, ramplón y lleno de liviandad —salvo honrosas excepciones—, lamentablemente el humor que muchos llaman “de la croqueta”.

 

[3] Bueno, Salvador/Prólogo a  Costumbristas Cubanos del Siglo XIX/ Biblioteca Ayacucho,Barcelona, España/1985.Pagina XIV