Anotaciones apuradas tras la lectura de El quetzal resplandeciente y otros relatos

Publicado por la Editorial Arte y Literatura en su colección Orbis, este libro se lo debemos a María Teresa Ortega, que corrió a cargo de la traducción, la introducción y las notas. La escritora canadiense Margaret Atwood se dio a conocer como poeta, pero fueron sus novelas las que en realidad la visibilizaron como tal.

Precedida de relevantes premios literarios, no es la primera vez que el lector cubano tiene la posibilidad de leer sus obras. Advierto desde ahora que hay que disponerse para leer un tomo como este, que sería un éxito editorial si ya un peligroso y creciente por ciento de posibles lectores no fuera iletrado en la materia. Debe quedar para ustedes y nosotros, ahora presentes y elegidos de alguna manera, y para la elite que no disfruta de esa ya inevitable —y ojalá no perdurable— producción banal que las mafias del libro nos embuten por cuanto sentido u orificio descuidado tengamos.


 

El volumen consta de 67 textos de temas variados, complejos y bien pensados; la mayoría son cuentos o relatos; también ha sido incluido un poema, tal y como de manera visual se presenta, titulado “Devuélvanme mi mamá”, texto de intensidad que clasifico como puramente feminista, así como no pocos poemas en prosa.

Son cuentos —muchos de ellos sin personajes— irónicos y concisos. Y resultan ser el mapa existencial de una mujer que ha tenido un profundo interés en lo femenino y en lo feminista. Las palabras son las claves que desentrañan un carácter, e incluso las que caracterizan a los personajes narrados, no siempre mujeres. Ella escribe: “La oscuridad brota de la página en blanco”, o detalla: “La marca indeleble, como de tatuaje”. Quiere —y esta es pura especulación personal— que participemos de (y en) su escritura, no para definir o reescribir, sino para que formemos parte de la historia, como los personajes que somos. Y, nos guste o no, sus tramas logran comunicarnos ese qué haríamos si fuéramos tal o mas cual persona. Es evidente que nos incita a ser alguno. De este modo, creo, podemos fingir como lectores qué personaje nos gusta —o disgusta— encarnar, pues solo así, como lectores, iluminados u oscuros fingidores, traspasaremos las páginas de este libro.

Tenemos que decidir si vamos a caminar por este túnel escrito sin esperar nada “propiciatorio”. Son narraciones inquietantes en tanto no enmarcan historias lineales, esas fórmulas asépticas que la mayoría agradece; este es un libro para el lector inteligente porque la autora complejiza las estructuras y utiliza recursos posmodernos y experimentales. Son amenos y hasta entretenidos, pero tenemos que predisponernos y esforzarnos.

Para la lectura inteligente es necesario e imprescindible igual lector. El feminismo hay que observarlo desde su perspectiva personal de luchadora por los temas de género, pero lo de “feminista” no se acentúa rabiosamente en la mayoría de los textos a veces enigmáticos, tanto que nos pueden provocar esa especie de “extrañamiento” del que hablan actores y dramaturgos.

Quizás ha sido deseo expreso de María Teresa Ortega, que tradujo y anotó la edición, pero aquí vamos a encontrar cuentos que —y me remito a lo culinario—, no se pueden masticar como un bistec (y de hecho correr el riesgo de atragantarnos), sino absorber como un helado (punzada del guajiro incluida). La baja intensidad del libro es quizás la manera radical de mostrarnos su único objetivo: Margaret Atwood no escribe para complacer ni para gustar. Hay a veces reflexiones de temas generales que funcionan más como poemas en prosa que como piezas narrativas, sobre todo en los textos más breves, porque acostumbrados como estamos a un desenlace final, muchos no existen aquí.

El cuento que da título al tomo es de los más extensos, y aun cuando es una pieza de ambiente turístico, digamos, en la vida de Sara y Edward, la autora se interesa más en la psicología de una pareja disfuncional, como tantas hay en el planeta. A ella no le interesa contarnos el cuento que esperamos, tampoco le importa que la juzguemos en tanto escritora, porque incluso desde la desmotivación narra lo que nadie ha querido narrar, hasta aquello que ni por asomo uno cree que pueda ser relatado, como en el texto en el que la trama es el personaje.

Finalizo, este es un tomo “interesante de leer” que pueden obtener quienes deseen conocer o reconocer a Margaret Atwood, una destacada autora de Canadá.

 

Tomado de Ideas en feria.
(Transcripción Diana Ferreiro)