Angelcynn’s memorial services

Foto: José A. Figueroa. Calzada del Cerro, La Habana. 1991

 

                                                                                para (y por) Pedro Lorente

 

Míster William Day coloca en la hornacina la cajita de nácar que guarda las cenizas de Angelcynn Taylor. En el borde inferior de la urna aparecen los datos cifrados (New York, 5/06/1995-9/09/2009) y una esquela de caracteres ornamentados e ilegibles donde afirman en inglés: “Siempre te amaremos”.

Los aromas del té y de los dulces compensan la suntuosidad de los círculos de flores trenzadas que cuelgan de las paredes del salón. Los rostros de Míster Taylor y su esposa –deslucidos por la pérdida– no concuerdan con los de la imagen de aquella espléndida portada del New York Society donde ella cargaba al apacible Angelcynn y el esposo los cubría a ambos, desde atrás, con un abrazo tutelar. Una portada para ellos tres: impolutos, perfectos, emisarios de una felicidad sincronizada, aun cuando en las páginas interiores de la revista se comentaran asuntos de tal trascendencia que habrían merecido primera plana –la visita de la familia presidencial al Centro de Arte Moderno Pompidou; las generosas donaciones de los esposos Pitt a madres solteras, y (algún hecho verdaderamente inquietante): el extraño caso de un granjero desnudo desaparecido en medio de su jardín, a la vista de todos.

Ante la pérdida de Angelcynn, el recuerdo de la portada del New York Society resultaba un recurso patético. La foto glamorosa abría un surco subliminal, se convertía en línea divisoria en la conciencia de los Taylor: la vida antes de la foto / la vida después de la foto. Casi todos los presentes aquella tarde retomaron el tema, a veces para llenar el vacío de esos momentos en que también podría decirse: hay calor, entrará un frente frío, el tiempo no es predecible hoy día o: los científicos pronostican una era geológica a la que llaman Antropoceno.

Hasta las tres de la tarde en que concluirán los servicios funerales, los amigos convocados conversan en voz baja y degustan a discreción exquisitas y sensuales golosinas. Mientras, la pantalla proyecta un video sobre la vida que llevó el querido finado: Angelcynn en el campo, Angelcynn en la playa, Angelcynn sobre un banco del Central Park, detrás del cristal de la ventanilla del auto, en la cama, huyendo de la ducha, Angelcynn comiendo justo lo estipulado en su dieta, Angelcynn persiguiendo musarañas, Angelcynn atravesando el puente de Brooklyn, Angelcynn reacio a la ropa de marca, talla única, encargada especialmente para él.

Míster William Day (a quien también podríamos llamar por su nombre de origen: Guillermo Díaz) aparece desde las primeras escenas en el filme Angelcynn’s life, un título que, ante la circunstancia de la muerte, potencia el dolor de los presentes.

Guillermo Díaz se ha permitido por primera vez una digresión mental en español. Esta especie de ejercicio de preparación le recuerda su época de maestro universitario pero, definitivamente, ahora sin ninguna fidelidad a las reglas del idioma pues las palabras para él han ido perdiendo acentos, cada vez más las eses se le confunden con las ces y la hache cae al suelo definitivamente herida de su histórico silencio:

“Este fue, querida familia” –piensa con aflicción sincera redactando la próxima carta a los hijos y a la madre–: “el más estable y mejor remunerado de mis empleos. La muerte de mi pupilo es la antesala de mi propia muerte; me refiero al fin de un estatus, a lo que implica también un significativo cambio en la vida de ustedes. Nadie esperaba esta desgracia (yo mismo he de confesarles que amaba a Angelcynn) pero simplemente ha ocurrido, justo cuando el mundo se declara en crisis. Esto nos prueba que un hecho doloroso y común, como es la muerte, ocurrido en una familia, en una zona equis del planeta puede desestabilizar a otras familias geográficamente muy distantes, opuestas incluso desde el punto de vista social. Cuánta pomposidad, queridos míos, para decirles que, por ahora, no podrán contar con las remesas que les envía de manera puntual este servidor que los ama. Todo por la muerte de nuestro querido Angelcynn… A menos que los señores Taylor consideren llenar el vacío más adelante, en cuyo caso sé que tendrán en cuenta mi incondicionalidad, además de un currículo que incluye tantas revalidaciones, maestrías, doctorados”.

En las imágenes del video puede constatarse la intensa progresión de una década y media. Y en todos esos años está Díaz, sobre quien recae la responsabilidad de la estricta disciplina que luego mostraría Angelcynn desde muy pequeño hasta su año catorce y algo más, cuando ocurrió el deceso.

Si al ver esas escenas pensamos en el referente de portada del New York Society, donde como he dicho aparecen los rostros familiares en una escena triangular paradisíaca, tendríamos entonces que preguntarnos viendo la rebeldía que a veces muestra el pupilo en la película:

¿Son ellos, el mismo? El mimado que aparece al centro de los esposos Taylor, en esta foto de vana candidez, ¿es también el que lucha endiablado y vigoroso contra Míster William Day (es decir, contra el eminente exprofesor universitario de Física Nuclear, Guillermo Díaz) quien –pacientemente– va premiando la obediencia de Angelcynn con un hueso de cuero prensado? ¿Es él? ¿Este cachorro es Angelcynn?

 

 

María del Rosario Guerra Ayala (Charo Guerra), nació en Limonar, Matanzas, en 1962. Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana, es poeta, narradora y editora de libros y revistas.
Autora de los poemarios Un sitio bajo el cielo (1991),  Los inocentes (1993), Vámonos a Icaria (1998) y Luna de los pobres (2011); y del volumen de relatos Pasajes de la vida breve (2008).
Por su obra literaria ha recibido los premios Pinos Nuevos (1997) y Dador (2001). Tiene inéditos las colecciones de cuentos El bazar de las cosas perdidas y Mientras llegan los gatos salvajes, del cual tomamos el texto que incluimos aquí. (AF)