Ana María García: voz de son y rumba

En la casa habanera donde nació y creció se cantaba y se tocaba la guitarra casi cotidianamente. Se hizo muchacha oyendo y aprendiendo trova, que no solo es repertorio sentimental como piensan algunos: ahí están, para demostrarlo, montones y montones de discos de los dúos, tríos, cuartetos y quintetos cubanos de los años diez y veinte que contienen más números movidos que boleros y canciones.

En 1923 formó dúo con el compositor y guitarrista Rosendo Ruíz, uno de los llamados grandes de la vieja guardia. Tenía entonces 14 años. El dueto se convirtió en trío al sumarse René Pantaleón, dueño de una segunda voz de ley.

Aseguran quienes la conocieron que, en cuanto comenzó a cantar en público, se situó entre las buenas intérpretes que asomaron en los años 20 del siglo pasado: liga no muy nutrida, ahora poco visible —menos frecuentada—, pero muy selecta.

En 1927 fue la cantante de la orquesta Minerva —agrupación de la cual no poseemos dato alguno— y a inicios de los años 30 hizo suplencias a Abelardo Barroso en la charanga López-Barroso que, fundada por este cantante y Orestes López, puso de moda el danzonete.

Por iniciativa del compositor y director de orquesta Gilberto Valdés, formó parte en 1935 del Trío García, dirigido por la legendaria cantadora Justa García, considerada la mejor voz segunda trovadoresca de su época. En el recién fundado terceto tocaba la guitarra el camagüeyano Nené Allué (Gualberto Allué Millet).

En realidad, el Trío García era un dúo de voces con la guitarra acompañante de Nené. Viajaron a México y se presentaron en programas de radio. Algunas fuentes indican que allí realizaron algunas grabaciones de las cuales no existe rastro. Al Trío García se sumaba en ocasiones la guitarra y la voz de María Teresa Vera.

Años más tarde —como Paulina Álvarez— cantó por un tiempo con la charanga de Cheo Belén Puig y —al igual que Justa García— trabajó con la jazz band femenina Anacaona, con la cual viajó por varios países de América Latina.

Ana María García actuó además con el Conjunto Camacho y con el Cuarteto Modelo, según afirman las escuetas entradas que le han dedicado enciclopedias y diccionarios de nuestra música, sin ofrecer más detalles. El Camacho se presentó durante años en la emisora RHC Cadena Azul en diversos programas que se originaban en el estudio-teatro del prado habanero, el “Palacio de la Radio”.

        
        

Ana María fue elegida por Odilio Urfé para integrar el Coro Folklórico Cubano desde su creación en 1961. Ella es una de las mujeres que hacen coro a un jovencísimo Carlos Embale en la secuencia de la película Nosotros, la música, de Rogelio París (1964), en el patio de un solar habanero junto a Marina Sánchez y Estela Rodríguez, hermana de Arsenio. Allí figura también el célebre compositor y tumbador Santos Ramírez “El Niño”, en una de las escasas oportunidades que tenemos hoy de contemplar aquellos rostros.

En la misma década tomó parte como corista en grabaciones de Celeste Mendoza y en discos documentales de Urfé que ilustran géneros populares: congas, comparsas y variantes de la rumba en sus expresiones tradicionales. Es de desear que se rediten esos fonogramas.

Lamentablemente, como tantas otras buenas voces nuestras —muchas de las cuales siquiera llegaron al disco—, esta intérprete dejó muy pocas grabaciones como solista. En fecha imprecisa de inicios de los años 60 entró a un estudio, parece que por única vez, para grabar con un reorganizado Septeto Favorito.

El grupo, que tomaba su nombre del fundado por Carlos Anido en 1927, estaba entonces encabezado por el cantante Florencio Hernández “Carusito”, quien —es posible advertir claramente su voz— participó en los coros. Desconocemos el resto de los músicos que tomaron parte en estas sesiones de grabación, aunque es posible que en la guitarra y dirección musical estuviera Rafael Ortiz “Mañungo”.

Con este septeto grabó “El dulcerito llegó”, son-pregón de Carusito; “La mulata rumbera”, rumba-son de Alejandro Rodríguez; “El huerfanito”, son de Bienvenido Julián Gutiérrez, y “Uno, dos y tres”, la más famosa conga de Rafael Ortiz. Al escucharlas, uno queda con deseos de más; imagina cuánto bueno y sabroso habrá cantado Ana María en muy remotas fiestas, alegrías soneras e infinitos rumbones.

Elena Burke —nada menos— la mencionaba entre sus cantantes cubanas predilectas: era una voz fuerte, altísima, con tremendo poder. Y muy graciosa. Me encantaba cuando cantaba “Mamaíta tiene la manía…”.

Desde hace muchos años se le atribuye la autoría de un desafiante guaguancó llamado “La confianza”, que cantaron y cantan aún los rumberos de La Habana que —al decir de un son antiguo— son de sangre ardiente porque dicen lo que sienten en sus corazones:

Ya se acabó la confianza conmigo

de tantos malignos cantores

que quieren perjudicar mi canto.

Si eso es así, si eso es así

yo te aseguro que a la rumba

no voy más.

 

Ana María García marchó de este mundo en La Habana en 1974. Nunca he oído un bolero en su voz, pero como la esperanza es lo último que se pierde, quién sabe si un día de estos aparezca alguna grabación dichosa. No sería la primera vez que coleccionistas amigos nos den una agradable —inapreciable— sorpresa.