Amado del Pino pasea por la Casa de la Memoria Escénica

 

La Casa de la Memoria Escénica, que tantas veces nos arrastra a Matanzas, organizó una jornada de recuerdo de Amado del Pino. Era un débito de la pequeña institución de gran trabajo, con la que tanto colaboró, y de su líder Ulises Rodríguez Febles, hermano de alma y querencias del escritor cubano fallecido el 22 de enero.

El gran impacto que causó su muerte se expresó en un sinfín de espacios. De manera pública, esta es la tercera cita organizada en su homenaje. Pocos días después del 22 de enero, en la sala Adolfo Llauradó, directores y críticos lloraron su dolor frente a un público igualmente consternado. A fines de marzo el Centro Cultural Dulce María Loynaz coordinó un panel en el que intervinieron, de diversas formas y de modo más sosegado aunque no sin emoción, el periodista José Alejandro Rodríguez, los directores Alejandro Palomino y Laudel de Jesús, el poeta y profesor Jesús David Curbelo, quien moderó, el dramaturgo Rodríguez Febles y los teatrólogos Vivian Martínez Tabares, Osvaldo Cano y este servidor. 


Foto: Internet


En Matanzas repetimos Ulises, Laudel y yo, y se sumó el joven crítico teatral Roger Fariñas. En la galería La Vitrina se develó una nueva escultura de Adán Rodríguez, esta vez a partir de la pieza El zapato sucio, de Del Pino. Lilita Padrón bailó inspirada en otro texto suyo, En falso. Luego proyectaron unas imágenes del estreno de Cuatro menos, otra de las asunciones de sus textos por Vital Teatro, hace ya algunos años. En medio del aplauso final, se ve a Amadito, con su paso entre tímido e inquieto, atravesando el espacio escénico camino al abrazo de actrices y actores.

Lleva su vestuario de siempre, casi un uniforme, pitusa azul, camisa ancha por fuera con mangas remangadas sin mucho cuidado. Si se quiere superficial, ese dato de su apariencia lo pinta completo: era siempre el mismo, no importaba la ocasión.

También la secuencia mostrada me hace pensar en su amor por el ciclo completo de la creación teatral. Escribió el texto, asesoró a distancia el montaje de Alejandro Palomino, organizó la promoción junto a Tania y llegó temprano a cada función para vigilar la cola, esperar a invitados, palpar, en fin, el Teatro Todo.

La memoria se dispara y me trae las mil conversaciones sobre unos años, no tan lejanos, pero que yo no viví por mi diferencia de edad con él (no tanta pero significativa en la juventud). Me acercó como pocos al periodo entre fines de los 70 y 1986, en que yo entré al ISA. Lo vi exponerlo, o escribirlo, varias veces; pero me interesaban más sus confesiones en el tú a tú, mesa por medio bañada en alcohol. Su respeto, como honor que rendía al pasado y a la entrega al teatro, por actores, dramaturgos, directores y hasta por trabajadores “anónimos” de las salas, fue verdadera devoción.

Quiso ser Estorino, quien tuvo su mismo origen en otra época. Amó los hallazgos de la palabra de Eugenio Hernández Espinosa y la simpatía de José Ramón Brene. Estudió a Piñera y admiró a Abilio Estévez y a Alberto Pedro. Se hermanó con Ulises Rodríguez Febles. Supo bien de dónde venía y la legión a la que perteneció.

Su dramaturgia persigue la ilusión del individuo por su felicidad. Podría parecer ingenuo, a algunos hasta cursi. Pero la felicidad es en Amado el aleph donde se juntan todos los anhelos rodeados por las contradicciones del contexto social, nunca una búsqueda estrictamente individualista.

Hizo dialogar su cultura libresca con la piedra de su origen, un campito por Chambas llamado Tamarindo, en 1960 parte de la extensa provincia de Camagüey. Ese intercambio inteligente, con las lógicas chispas de dos polos al tocarse, nunca lo abandonó. A ratos humorístico, en otros trágico, recorre su obra hasta Espontáneamente, su penúltima obra, que esa noche tuvo su estreno mundial en el patio de la Casa de la Memoria Escénica, a cargo de Cabotín Teatro, de Sancti Spíritus, bajo la dirección de Laudel de Jesús, que comentaremos la próxima semana, entre otros acontecimientos matanceros.

Pero puede asegurarse que Amado tuvo un día feliz, mirando desde arriba a sus amigos mezclados con sus obras, convocados, unos y otras, por él, quien se paseaba saltarín por la Casa de la Memoria Escénica.