AM–PM: algunos desafíos del periodismo musical

No estamos solos. La iniciativa de la Casa de las Américas y la delegación de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) en La Habana, con la complicidad de la Fábrica de Arte Cubano, al dedicar la convocatoria del foro América por su Música (AM–PM) al periodismo musical reveló la necesidad de comunicación e intercambio entre los profesionales que nos dedicamos a esta área en el ámbito iberoamericano.

La sesión consagrada precisamente a los retos y desafíos de ese periodismo comenzó por una rápida pero enjundiosa panorámica de los vínculos entre prensa y música en los medios cubanos, por parte de Joaquín Borges-Triana, la exposición de los españoles Alejandra Fierro y Alex García sobre sus experiencias en la construcción de la emisora especializada Gladys Palmera, un tributo de recordación al recientemente desaparecido poeta y periodista Bladimir Zamora y cerró con un panel al que aportamos el mexicano Julián Woodside, el ecuatoriano Darío Granja, la colombiana Adriana Orejuela, el cubano Rafael González Escalona y quien esto escribe.

Por mi parte situé una dificultad común a todos: la necesidad de tender un puente entre dos lenguajes que comparten muchas cosas en común, pero a la vez diferenciados, aunque se trate de obras que incluyan textos. Es frecuente que para describir una obra musical el escritor refleje sus impresiones. El desborde de las emociones ante la audición de una pieza da lugar a una valoración impresionista, que depende de la subjetividad de un  cronista que a lo sumo puede hallar en el lector un territorio de sentimientos compartidos.

El inglés Aldous Huxley escribió un apotegma que parece insalvable: “la música expresa lo inexpresable”. Pero no lo es. Hay que bucear en “lo inexpresable” los contenidos, significados y sus vehículos formales. Sin una plena comprensión del papel del periodista como mediador, nunca juez supremo ni propagandista, poco se podrá avanzar. Lamentablemente, la gacetilla y la crónica muchas veces están al servicio de intereses comerciales.

La música puede que no sea experimentada igual por cada oyente, pero lo importante es que, en cada uno, suscita una respuesta, a veces colectiva. De ahí que sea menester, como sugirió Borges-Triana, que el periodista musical, en aras de sustentar sus propuestas de la manera más objetiva posible, apele a herramientas provistas por diversas disciplinas de las ciencias sociales, en tanto nos coloca en el territorio de analizar la música desde una perspectiva integral.

Se trata, como dijo Woodside, “de conocer y documentar los procesos detrás y, sobre todo, las características de la industria musical contemporánea”, para rebasar un periodismo “meramente descriptivo: con entrevistas y reseñas que son su día a día, mientras que el reportaje, la investigación y la crítica (no gusto disfrazado de crítica) no tienen cabida”.

Defendí, en consecuencia, un periodismo musical capaz de articular los vínculos entre experimentación, tradición y modernidad. Y deslindar innovación y rutina. ¿Un ejemplo? El que realizó Alejo Carpentier. Sus crónicas y críticas siguen siendo paradigmáticas.