Algunas palabras para una balada

Mario Delgado Aparaín (Uruguay, 1949), ha regalado una verdadera joya al público cubano, La balada de Johnny Sosa, publicada por la Editorial Arte y Literatura, y disponible en nuestras librerías en el momento de redactar estas líneas.

Las palabras preliminares, de Luis Sepúlveda, advierten al lector(a) las características contextuales que rodean la trama de la novela: Si en algún país de América Latina las botas militares se ensañaron con la literatura y los escritores durante el oscuro decenio de las dictaduras, fue en el Uruguay. Prácticamente todos los escritores uruguayos pasaron por la cárcel, las torturas y el exilio. Fueron muy pocos, contadísimos, los que consiguieron sobrevivir en el Uruguay a la barbarie uniformada, pero sin el menor chance de publicar ni una sílaba: para la dictadura escribir era sinónimo de subversión.

Aunque hubiera resultado absolutamente comprensible que Delgado Aparaín construyera una novela donde de forma explícita denunciara los atropellos y el escarnio padecidos por su pueblo durante aquellos años espantosos, sobrevuela el tono autobiográfico y testimonial, creando una atmósfera que, aunque naturalmente opresiva, mantiene todo el tiempo un aire de plomizo misterio que no permite al lector(a) el señalamiento específico de quién es el agresor, qué pretende, ni a quiénes está persiguiendo.

Salvo discretas pinceladas, que hacen referencia al pecado de escuchar noticias provenientes de Rusia, y de que son intrusos con uniformes militares quienes se aposentan en el pueblo llamado Mosquitos, el conflicto de la novela puede ser ubicado en cualquier parte del planeta. A través de un cantante negro (Johnny), desdentado y admirador rabioso del llamado gigante de Austria, Lou Brakley, el autor se dedica a contarnos el paso evolutivo que este músico frustrado sufre, desde su aspiración personal para ser reconocido algún día en el gran espectáculo, hasta la toma de conciencia, de la cual no se percata.

Con admirable destreza narrativa, Delgado Aparaín recrea grises existencias (la rubia Dina, el choricero Nacho Silvera, La Terelú) que sin rebelarse abiertamente, se niegan a admitir la nueva condición de convertirse, de alguna manera que no se explica, en reos de los intrusos. El bar Chantecler, escenario fundamental de los acontecimientos, reúne a una suerte de crápula social, mal vista por el párroco, y sitio elegido por los delatores al servicio de los nuevos dueños del pueblo. Un personaje curioso, Melías Churi, locutor de la principal estación de Radio Mosquitos y uno de los primeros en ser detenidos, funciona como resorte para la rebeldía de Johnny Sosa.

Nunca aparece el motivo de las desapariciones de varios integrantes de la comunidad, como la maestra de primaria y la esposa de Nacho; jamás se manifiestan abiertamente los invasores, ni aquellos que les prestan vergonzosos servicios. Paso a paso, vamos contemplando las humillaciones a que es sometido el cantante, bajo el pretexto de que su vida artística será refulgente, aun al costo de ver lastimada su condición humana. La rebeldía final de este personaje-símbolo, francamente impactante, verosímil y muy bien lograda, funciona como un canto de emancipación.

Lejos de resultar abrupta, es su liberación temporal el resultado de una concientización que se había ido forjando a lo largo de los sucesos, de los cuales era víctima colateral. Posteriormente, dicha escapada es interrumpida. Formando parte del misterio que envuelve la trama, el lector o la lectora pueden descubrir que mucho antes de la descripción de  la fuga de Johnny, el autor había contado: […] le diría a un compañero de prisión años más tarde, en un mal recuerdo extraído de la eternidad de la celda. (p.31)

En otras palabras: estamos en presencia de una novela breve, concisa, con varias interpretaciones, con distintos modos de ser leída, pero con el valor indiscutible de una factura impecable. Es La balada de Johnny Sosa una pequeña obra maestra, que no debe pasar inadvertida entre nosotros.