Alejandro Gil

Al jurado de los Premios Lucas se le entrega una planilla con los videos aceptados por el proyecto. Son alrededor de 300 videoclips en total, y por cada categoría debemos nominar cerca de cinco clips, los cuales —luego de su visualización— el jurado discute. De ese debate salen los nominados que se dan a conocer en una gala previa a la gran ceremonia de premiación. En esta reunión Orlando Cruzata, creador del proyecto, funge como un intermediario. Él tiene mucha información sobre los videos, información relacionada con el Lucasnómetro, las listas de éxito en la radio y la televisión, y que puede ser valiosa.

Luego de tener los nominados, nos llega otra planilla para seleccionar entonces a los ganadores. Este proceso lo hace cada jurado en su casa, no nos volvemos a reunir. Nos vemos las caras y decidimos conjuntamente hasta la selección de los nominados. El proceso posterior es individual y el jurado se entera de los ganadores junto a los realizadores, los músicos y el público en las dos galas que tienen lugar en el Karl Marx. Uno se sorprende cuando en estas galas se premia algún video con el que uno no estuvo de acuerdo; porque finalmente el jurado no vuelve a tener comunicación directa, más allá de la reunión primigenia. La estrategia de Lucas es evitar que se filtren los ganadores, pero realmente el trabajo del jurado debería llegar hasta el Premio, es decir, aunque votamos planilla mediante, debería existir otro “cara a cara”, donde los jurados deliberen y salgan de ahí con el ganador.

De ahí se excluye, claro está, el premio de la Popularidad, que como su nombre lo indica, es responsabilidad del público y donde se premia, más que al videoclip, al intérprete o a la música.

La votación y todo evento son subjetivos. El jurado trata que no se manche la luz propia de los Lucas, un espacio sobre todo para los realizadores más jóvenes. Un proyecto que crea un espectáculo y donde siempre los premios generan polémica. Cuando uno se entrega a un análisis detallado del videoclip y te encuentras que el premio es otro, eso estremece al jurado.

Pero los realizadores y los músicos siempre van a querer participar en Lucas. En medio de esa vorágine, defendemos la estética que impone Lucas: que un videoclip funcione. El panorama cubano es particular: no hay comercialización, se sobreentiende que detrás de cada disco existe un aparato que decida cómo promocionarlo, qué canción escoger para llevarla a imagen y hacerle un videoclip. Cada disco tiene su dramaturgia, pero al no existir esa coherencia, es el propio realizador del clip quien escoge el tema al cual se le hará el audiovisual.

Por otro lado, la democratización de los medios tecnológicos ha llevado a que cualquiera pueda hacer un clip; mientras que en los Lucas lo que se trata es de premiar una estética que vaya sobre la buena utilización de la fotografía, del montaje y el color, siempre buscando una sintonía entre la música y la visualidad.