Albio, un contador de historias en la calle

Cuando Albio llegó a Matanzas, ni se imaginó que estaría en esta ciudad tanto tiempo. Y juro que ni al más connotado adivino le hubiese creído que yo estaría a su lado en casi todos los proyectos teatrales que realizara en el Mirón. No digo todos, porque no participé de Las penas que a mí me matan, aunque sí hablamos mucho de él.

Lo que más admiré de Albio fue su capacidad de trabajo y su entrega. Había algo en él que fui descubriendo con el tiempo: era un gran conversador, siempre estaba inventado un cuento y lo hacía de diferentes formas, le cambiaba el final, el principio; eso lo divertía mucho. Era un contador de historias y esa característica la llevó a sus puestas en escena y a su forma de hacer teatro en el Mirón.

En sus obras siempre había algo que cambiar, una escena que quitar, un texto, y a veces más radical: el espectáculo completo.

En sus obras siempre había algo que cambiar, una escena que quitar, un texto, y a veces más radical: el espectáculo completo. No quisiera hablar de todos sus espectáculos, pues sería interminable; solo me voy a referir al último: Juan Candela. De sus espectáculos de calles fue el menos representado, no recibió ningún premio ni reconocimiento y creo que fue el que menos reseñas críticas tuvo. Sin embargo, es mi preferido, lo considero su tesis del teatro de calle y él también, en el libro Las Penas que a mí me matan, lo valora como un punto cumbre, su texto más importante.

En este volumen se puede apreciar una versión literaria del mismo, y digo versión porque no es totalmente fiel a la puesta en escena. Esto me lo dijo él mismo días antes de morir, fue una de las últimas conversaciones que tuvimos. Estando Albio ingresado en el hospital, llevé el libro, él lo miró y le dije: “Quería preguntarte algo sobre Juan Candela”, y me contestó: “Pancho, hay que hacer algunas concesiones literarias, esa es una versión de la obra para el libro”. No le dije nada, lo entendí, no le iba a cuestionar su visión, en eso lo respeté siempre.


Albio tenía como método de trabajo preguntarnos qué queríamos montar y nos incitaba casi siempre a que le hiciéramos alguna propuesta. Confieso que este método me gustaba mucho, porque hacía que uno se sintiera más comprometido con el trabajo y fueran más nuestras las puestas que estábamos realizando.

Siempre me había gustado Juan Candela como cuento. No sabía cómo llevarlo a escena y junto a Adán Rodríguez, el diseñador del grupo, preparamos una propuesta en la que utilizábamos textos del libro Leyendas populares de Villa Clara, de Samuel Feijóo, en el cual aparece una décima llamada El mentiroso que dice así:

Yo vi un cangrejo arando
Con siete yuntas de grillos
En una tierra polvillo
Que la estaba habilitando…

Utilizábamos esta décima como punto de partida para crear el mundo de la fantasía y después seguíamos con el cuento Juan Candela. Adán preparó un diseño muy interesante para esta propuesta que le hicimos y recuerdo la sonrisa de Albio cuando vio nuestro trabajo. Él siempre había soñado hacer un espectáculo con Juan Candela, conocía muy bien la obra de Onelio Jorge Cardoso, hablaba de él en casi todos los ensayos que hacíamos en el teatro cuando se refería a la cubanía en el arte de la Isla; de hecho, en El Quijote ya utilizaba una versión del cuento El canto de la cigarra. En la primera versión escénica de Juan Candela, Albio agregó elementos como dragones, serpientes, máscaras, caballitos, juegos de participación. Era un espectáculo que descansaba mucho en la fantasía y en la participación del público.

Esta propuesta la llevamos a España, se dieron muchas funciones allá y dejamos la escenografía para una próxima visita. Pero nunca más regresamos a Galicia y esa versión tampoco se presentó jamás en Cuba.

Al cabo del tiempo, Albio decidió retomar el espectáculo. Fue entonces que nos presentó esta versión de Juan Candela, a la que no nos dio oportunidad de hacer ningún cambio. Hubo algo que sentí cuando trajo esta propuesta: Albio quería decir algo en ella que no había intentado en todas las anteriores. En la medida que avanzamos, entendí que estaba contando la historia de su vida.

Utilizó cinco cuentos: Juan Candela, Los tres pichones, Francisca y la muerte, El hilo y la cuerda y El caballo de coral, un texto final del cuento de Jacinto el carpintero y en el comienzo unas décimas suyas. El espectáculo poseía una fuerza expresiva muy grande. Desde el inicio aparecía Juan Candela en escena con muchos elementos. No era una escenografía realista, pues utilizábamos escaleras, mallas de pescas, y en medio de todo eso entraban dos gallos inmensos que peleaban, luego una carreta llena de muñecos; venían todos los elementos que se iban a usar y Juan Candela salía al encuentro, acompañado de una banda sonora impactante, con música de Raúl Valdés.

Juan Candela decía unas décimas de la autoría de Albio. Para mí siempre fue como si él mismo las estuviese diciendo. En las notas que me daba había siempre una gran pasión y cuando yo las decía, él las repetía conmigo. A Albio le brillaban los ojos con estas décimas que llevaban una carga muy fuerte:

Cuando un cuento se me adentra
Y quiere buscar camino
Alas le pongo al destino
Para ver si pronto lo encuentra

El primer cuento, Juan Candela, habla de la necesidad de contar historias, de la fantasía, de contagiar a los demás de esa necesidad. Albio la tenía, él contaba historias en el teatro que hacía y esta era su historia, la historia que no iba a permitir que le cambiáramos nada, su Juan Candela diciendo:Al que me quite un metro más, lo mato”.

El primer cuento, Juan Candela, habla de la necesidad de contar historias, de la fantasía, de contagiar a los demás de esa necesidad. Albio la tenía, él contaba historias en el teatro que hacía y esta era su historia.

Los tres pichones trata de tres pichones de patos que salen a viajar por el  mundo, a salir de la rutina, a cambiar el horizonte que les espera, a procurar una nueva vida. Regresan siendo marineros a buscar a su madre, que se quedó muy desconsolada. Albio se fue de su casa, de su Zulueta, a los 17 años con 35 pesos en el bolsillo y la relación que tuvo siempre con su madre.

Le sigue Francisca y la muerte, la historia de una mujer que nunca la muerte logra alcanzar. La relación de Albio con la muerte es muy fuerte, en toda su obra se puede ver. En la última gira que hicimos juntos, fuimos a Zulueta. Él hizo parar la guagua frente al cementerio, se bajó, puso sus manos en cruz en la puerta y gritó: “¡Muerte, te reto!. Fue la última vez que visitó su pueblo.

El hilo y la cuerda era el cuento más dramático de todos. Albio hablaba de él con un dolor muy grande por tratarse de negar la posibilidad de la imaginación a un niño. Desconozco la relación de Albio con su padre, pero para nosotros fue sintomático que nunca nos hablara de él. Entraba el circo, llegaba la alegría, de pronto el padre golpeaba al hijo, adquiría otra atmósfera el cuento, salía un globo gris y Juan Candela se llevaba al niño en los brazos y decía: “Hay que creer en algo que sea bonito, aunque no lo sea”.

Después venía El caballo de coral, que también habla sobre la necesidad de creer, de soñar, de ser capaces de ver un caballo corriendo bajo el agua. Creo que Albio siempre trató de cambiar la realidad y de hacer que otros vieran ese caballo a través de sus ojos. Era un cuento de una belleza impactante.

Finalmente, todos le lanzaban a Juan Candela globos de agua, gritándole mentiroso. Él caía, pero le pedían que volviera a contar, entonces respondía: “El caso es que mientras más vuelta le doy a las ideas, más firme se me hace una sola: aquella de que el hombre siempre tiene dos hambres”.

La obra terminaba con un texto de Jacinto el carpintero en la voz de Juan Candela, donde se resumía su historia:

“Teníamos, además, un parque para empezar el amor, un hospital para atajar las primeras roturas de nuestras vidas, una iglesia para ir entrando en razones místicas de resignación y un cementerio para admitir al cabo, demasiado tarde, que todos habíamos sido absolutamente tontos”.

Días antes de su muerte, le oí decir a Albio que este texto resumía su vida.

A pesar de que Juan Candela posee una visualidad y una música espectacular, en su construcción dramática prevalece la atmósfera con una intensidad tal en las diferentes escenas, que la calle no lo permite. Es un espectáculo para espacios flexibles, no para la calle.  

Días antes de su muerte, le oí decir a Albio que este texto resumía su vida.

Con Juan Candela Albio hizo su última gira. La llevó al pueblo de Onelio Jorge, a su pueblo, a su familia; fue como una despedida en la que parecía decir: “Aquí les traigo mi obra, lo que he llegado a hacer”. Se presentó en algunos pueblos de la antigua provincia de Villa Clara, fue su viaje de Fe, un viaje de reafirmación en las cosas que él creía y del cual regresó muy enfermo. Juan Candela fue, sin duda, el resumen de su vida.