Alberto Alonso, una vida intensa

El nombre de Alberto Alonso aparece en la historia de la danza cubana de manera esporádica y muy poco con la precisión que merece. Las menciones llegan a veces asociadas a otros dos cubanos imprescindibles en el desarrollo del ballet cubano: Alicia y Fernando Alonso, o se le nombra como el creador de una versión de Carmen que trascendió fronteras y épocas.

Pero Alberto fue mucho más, ante todo el primer cubano en practicar ballet académico de forma sistemática y el primer danzante de su país en ser contratado por una compañía extranjera internacional. Además, creó el primer ballet cubano con temática social, Antes del alba, y volvió a hacer historia en esta isla como el primer coreógrafo en atreverse a elaborar una versión de Carmen, ese relato literario adaptado a ópera, teatro y danza, una y otra vez, en muchos sitios del planeta.

foto de Alberto Alonso
Alberto Alonso fue el primer cubano en practicar sistemáticamente el ballet académico
y el primero en ser contratado por una compañía internacional. Foto: Archivo


Según él mismo confesó, el interés por el ballet nació en estrecha relación con una de sus pasiones de adolescente: la práctica de deportes. A su vez, lo favoreció un ambiente familiar muy culto, pues su abuelo y tíos eran arquitectos, adictos a las ciencias, y la madre una notable pianista. Nadie dudaría en clasificar a Laura Rayneri como una mujer de ideario progresista, pues permitió a sus dos hijos varones estudiar ballet cuando esta elección se veía de manera despectiva dentro de la sociedad burguesa y machista de la primera mitad del siglo XX.

Su hijo mayor, Fernando, lo explicó de la siguiente manera: “Mi madre era una buena pianista concertista, y en cierta ocasión unos empresarios quisieron contratarla para que realizara algunas giras internacionales, pero mi abuelo se negó. Esa lección de la vida hizo que ella nos comprendiera a nosotros –a mi hermano Alberto y a mí- cuando quisimos estudiar ballet” [1].

Rayneri educó a Fernando y Alberto como si la música formara parte de la herencia genética. En la niñez, ambos comenzaron a estudiar violín y se vincularon a las artes plásticas y al deporte, aficiones que Alberto buscó integrar luego en la danza, y que el hermano y él continuaron cultivando durante los estudios secundarios realizados en Mobile, Alabama, Estados Unidos.

El ballet proporcionaba al cuerpo una buena preparación para jugar fútbol americano y otros deportes. Al principio, fue una decisión compleja, pues requería ignorar no pocos prejuicios sociales de la época. El joven comenzó a dar los primeros pasos en la Sociedad Pro-Arte Musical con apoyo de su mamá, entonces integrante de la junta directiva. Allí pudo probarse como danzante en escena.   

De acuerdo a referencias históricas, en 1935, Alberto bailó una versión de Coppelia, montada en Pro-Arte por su profesor Nicolás Yavorski, junto a una adolescente principiante de sorprendentes condiciones. Sin imaginarlo, se convirtió en el primer partenaire de Alicia Alonso, quien -en aquellos momentos- era simplemente su vecina y compañera de juegos.

Ese mismo año, el Ballet Ruso de Montecarlo, de visita en Cuba, contrató al joven; así llegó a ser el primer bailarín clásico cubano en integrar una compañía profesional. La misma entidad adoptó diferentes nombres: Ballets Rusos del Coronel de Basil (1936-1939) y Original Ballet Ruso (1939-1941), donde Alberto llegó a desempeñarse como solista.

Las continuas giras de estas compañías le sirvieron para elevar su calidad técnica y artística, y le permitieron ser testigo vivencial de las diferentes corrientes del arte y el pensamiento que iluminaban a Europa. En materia de ballet, no vacilaba en señalar a George Balanchine y Mijail Fokin como los maestros que más le aportaron en este período. “Si Balanchine era el movimiento, la forma; Fokin era el contenido”, afirmó [2]. Aunque trabajó igualmente con Serge Lifar, Leonide Massine, David Lichine, Adolfo Bolm, Anton Dolin y Bronislava Nijiska.

A consecuencia de la II Guerra Mundial, Alberto regresó a Cuba en 1941 y comenzó entonces a explorarse en el campo de la creación, tras aceptar el puesto de director de la escuela de Pro-Arte Musical. Resulta necesario aclarar que discrepaba de la institución en su propósito de impartir la danza como un mero entretenimiento, o sea, sin fines profesionales; pero su trabajo allí es visto de manera positiva.

Según el historiador del Ballet Nacional de Cuba, Miguel Cabrera, la creación de Preludios, en 1942, con música de Liszt, lo convierte en el primer coreógrafo cubano [3]. El nuevo maestro celebró Festivales de Ballet con carácter anual, o sea, también fue el primero en convocar en su país a eventos de este tipo, y para ellos siempre contó con el apoyo de Alicia y Fernando Alonso, quienes -en aquel momento- estaban casados y trabajan en el Ballet Theatre, de Estados Unidos, una compañía en la cual Alberto sería Primer Bailarín de Carácter en los años 1944 y 1945.

Durante su estancia en Norteamérica, el coreógrafo Eugene Loring creó para él en Hollywod bailes especiales dentro del filme Yolanda y el ladrón, que protagonizó Fred Astaire. Pero Alberto tenía mucho interés en explorar el campo danzario en su país y continuar aquí un trabajo inédito; por tanto, regresó a La Habana y retomó la dirección de la Escuela de la Sociedad Pro-Arte Musical, donde al fin se le reconoció oficialmente con la denominación de coreógrafo.

La labor en ese campo había llegado a un punto relevante mucho antes, en 1943, cuando creó Concerto, una pieza abstracta sobre la partitura de un concierto de Vivaldi recreado por Bach; Forma, a partir de un poema de José Lezama Lima, música de José Ardévol y la interpretación de la Coral de La Habana; Sinfonía, con música de Mozart; e Icaro, una versión de una obra original de Sergio Lifar, que Alonso acercó más a su Patria con la complicidad del joven compositor Harold Gramatges, quien escribió un complejo acompañamiento de percusión para el solo masculino. Gramatges, Ardévol, Lezama, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez, Bola de Nieve, los pintores Carlos Enríquez y Juan David, serían reconocidos por Alonso como claras influencias para su labor.

Un gran escándalo generó Antes del alba, estrenado el 27 de mayo de 1947, en el Teatro Auditórium, pues por primera vez un ballet aterrizaba en Cuba, pero no precisamente en los salones de las clases media y alta de la sociedad, sino en una cuartería. La protagonista, interpretada por Alicia Alonso, se bañaba en alcohol con el fin de prenderse fuego para suicidarse luego de ser abandonada por el hombre que ama. Alberto entendió que el drama y el emplazamiento demandaban moverse de una manera más cubana, por eso pidió a los artistas expresar con sensualidad y una libertad gestual que implicó romper con el rígido academicismo.

A lo anterior, habría que añadir los provocativos diseños del pintor Carlos Enríquez y la música compuesta por Hilario González, compiladora de ritmos populares cubanos. Con la creación de Antes del alba, Alberto llevó por primera vez a un escenario la problemática social cubana. En él, hizo confluir la herencia afro y los ritmos de nuestros bailes populares a través de la técnica clásica. Estas inquietudes personales lo llevaron al cabaret y la televisión, medios que dejarían huellas imperecederas en el coreógrafo.

Sin abandonar la dirección de la escuela de Pro-Arte, una vez más unió su talento al de Fernando y Alicia en la fundación de una compañía cubana de ballet con fines profesionales, el conjunto que ahora conocemos como Ballet Nacional. Para él concibió, en el mismo año 1948, La valse, con música de Maurice Ravel.

Al mismo tiempo, se vinculó a cabarets y centros nocturnos, y en ellos creó piezas cuyos títulos adelantan por sí solos intenciones: Son, Cha-Cha, Ritmolandia, La calle, El solar, Noche cubana, Bamba – Iroko – Bamba, Festival en Cha Cha Cha, Noites de Brasil, Maracas y Castañuelas, Calipso, Del charleston al rock and roll, por solo mencionar algunos.

Unos cuantos serían interpretados por el Conjunto de Bailes del Teatro Radiocentro y el Ballet de CMQ Televisión, que él dirigió de 1951 a 1959, y además enriqueció sus respectivos repertorios con obras como La guagua, La engañadora, El alardoso, La rebambaramba, El güije, Voló como Matías Pérez, El muerto se fue de rumba, Negra tabú, Tambó, Bembé, Rapsodia negra, Rumba blanca, Al ritmo del bongó y otro listado inmenso. En esta etapa, Alonso dirigió espectáculos en los cabarets Montmartre, Sans Souci y Riviera, de La Habana.


Escena de El güije de Alberto Alonso. Intérpretes: Mirta Pla y Roberto Rodríguez. Foto: Internet


De todas sus piezas, resulta obligatorio llamar la atención sobre El solar, no solo por el hecho de que llegara a tener una versión cinematográfica, bajo el título de Un día en el solar, sino porque una de las grandes bailarinas del mundo, la rusa Maya Plisetskaya, la vio en Moscú y decidió que el coreógrafo de aquella obra era la persona ideal para cumplir su sueño de tener una versión propia de Carmen.

Las creaciones de Alberto fueron numerosas y de altísimo valor; sin embargo, la crítica reconoce una obra cumbre: Carmen, donde se propuso fusionar las raíces africanas y españolas de la cultura cubana. De este ballet se dice incluso que está provisto de ideas anti-franquistas y que ilustra una filosofía contemporánea de la vida. Como virtud esencial se le reconoce que consiguió evadir en concepción y forma a la versión planteada por el también genial coreógrafo Roland Petit. En resumen, con su Carmen, Alberto alcanzó el éxito y la trascendencia por otros caminos.

No debe ignorarse que, a lo largo de su carrera, este innovador realizó diversos montajes para múltiples compañías nacionales y extranjeras. Por ejemplo, para el Ballet de Camagüey rehízo Sinfonía clásica, en 1982, y volvió a mezclar danza, declamación y coros trágicos en Medea (1989). Vale aclarar que Sinfonía clásica, con música de Prokofiev, la estrenó el 9 de febrero de 1955 y marcó el debut de Alicia Alonso en la televisión cubana, de modo que, años después en Camagüey, solo recreó la pieza.

Otras instituciones que se beneficiaron con su talento fueron el Conjunto Folklórico Nacional, el Conjunto Nacional de Espectáculos (que dirigió de 1975 a 1982), el Conjunto de Experimentación de Danza (del cual fue fundador, director y coreógrafo en 1962) y Teatro Musical de La Habana (dirigido por él en 1966), y el Conjunto de Danzas de Alberto Alonso (1960), entidad que tuvo una corta duración.

El Ballet Nacional de Cuba ensanchó su repertorio con Espacio y movimiento (1966), Carmen (1967), El güije (1967), Un retablo para Romeo y Julieta (1969), Errantes (1970), Primera Conjugación (1970), Diógenes ante el tonel (1971), Viet Nam: la lección (1973), Raíces nuestras (1976), Sensemayá (1982), Cumbres borrascosas (1982), Tributo a José White (1983), Manita en el suelo (1984), El último encuentro (1986) y Diario perdido (1986), entre tantas otras.

De Espacio y movimiento, sobre partitura de Stravinski, el crítico inglés Arnold Haskell, advirtió que estaba concebido para mostrar los dones característicos particulares de la bailarina cubana, lo cual consideró una combinación muy inteligente de neoclasicismo y danza popular. Mientras, el diario La Nación, de Buenos Aires, en 1984, sostuvo que Alonso asimiló una línea y un aroma balanchiniano en Tributo a José White, donde plasmó en un boceto neoclásico la expresiva musicalidad de los cubanos.

Las compañías foráneas para las cuales Alonso montó obras son también unas cuantas: el Ballet Bolshoi; el Teatro Estatal de Moscú; el Ballet Arabesque, de Sofía (Bulgaria); el Ballet de Pécs, de Hungría; el Tchaikovsky Memorial Ballet Company, de Tokio (Japón); la compañía del Teatro La Scala, de Milán (Italia); el Ballet de la Ópera de Berlín (Alemania); el American Ballet Theatre, de Nueva York (Estados Unidos); el SODRE, de Uruguay; la Compañía Nacional de Danza, de México; y el Ballet del Teatro Lírico Nacional, de España. 

Varias creaciones conquistaron altos galardones en eventos nacionales e internacionales de prestigio. Algunos de notabilidad fueron el Premio al mejor conjunto coreográfico, otorgado en 1952, 1954, 1956, 1957 y 1958 por los Críticos Asociados de Radio y Televisión de Cuba. Además, el segundo premio en coreografía moderna en el IV Concurso Internacional de Ballet de Varna, Bulgaria (1968); y el Diploma de reconocimiento del Ballet Bolshoi (1987). Dentro de su país, se le confirieron las medallas Alejo Carpentier y Raúl Gómez García (1982), y en 1990 recibió el título de Doctor Honoris Causa en Arte Danzario del Instituto Superior de Arte (ISA).


Alicia, Cintio V, Miguel Banet y Alberto Alonso Foto: Internet


Existe un dato poco referido y que no me parece detalle menor para una biografía, porque sin ese impulso la historia del ballet en Cuba sería distinta: Fernando Alonso culpó a Alberto en más de una ocasión de haberlo motivado a practicar danza. “Viéndolo a él bailar fue que yo me entusiasmé para empezar”, me subrayó una tarde. El hermano menor inspiró y, más tarde, apoyó al que sin dudas tiene bien ganado el epíteto de padre de la escuela cubana de ballet. Cuando escribía la metodología, Fernando cuenta que consultaba la mayoría de los pasos con Alicia y con su hermano Alberto. Entre los tres discutían la manera en la que el paso debía ejecutarse, en qué orden y cómo se debía trabajar [4].

De acuerdo con Fernando, en el año 2003, el hermano menor vio una función del Ballet Nacional de Cuba en Estados Unidos, porque la compañía estaba de gira allá, y quedó muy contento con lo que vio. Lo llamó por teléfono y le dijo: “Oye, la verdad que la escuela cubana es buena”. “Él es uno de los culpables”, añadió Fernando [5].  

El artista que inició el movimiento danzario profesional en nuestro país había nacido el 22 de mayo de 1917, en La Habana. Murió a la edad de 91 años el 31 de diciembre de 2007, en Gainesville, Florida, Estados Unidos, la nación donde eligió residir a partir de 1994. Al momento de su fallecimiento, era profesor de ballet de estudiantes del Santa Fe Community College Dance Program.

Su último trabajo de gran relevancia fue una invitación del Ballet Bolshoi, en 2005, para remontar Carmen en la compañía, a fin de rendir homenaje a Maya Plisetskaya. Cuba tiene muchos motivos para recordarlo, pero aquella obra tal vez trazó un destino más allá. Cada año, en algún lugar del planeta, el nombre de Alberto Alonso aparece en un programa de danza asociado a esa gitana perturbadora y descaradamente libre, a toda costa.

 

Notas:
 
1. Alonso, Fernando, en entrevista concedida a la autora de este trabajo en el año 2003, grabada en audio.
2. Citado por Miguel Cabrera en Alberto Alonso: una vida para la danza. Ediciones ENPES, La Habana, 1990, p.10
3. Miguel Cabrera en Alberto Alonso: una vida para la danza. Ediciones ENPES, La Habana, 1990, p.11
4. Sánchez, Martha: Por una danza sin fronteras, Ediciones enVivo, del Instituto Cubano de Radio y Televisión, 2011, p.17
5. Alonso, Fernando, en entrevista concedida a la autora de este trabajo en el año 2003, grabada en audio.