¿Adiós, Xiomara Palacio?

Entre todos los materiales a que tuve acceso, previo a la escritura del libro Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, junto a mi hermano y colega Norge Espinosa, estaba una foto del elenco del Teatro Nacional de Guiñol (TNG), en 1966. Tomada por la cámara del maestro Tito Álvarez, la platea de más de 200 butacas, que muchos conocemos, muestra a los jóvenes artistas de entonces. Entre ellos, al centro, está Xiomara Palacio, vestida tal vez de negro, con un mohín digno de la Mona Lisa, escoltada en el lado izquierdo por su inseparable Ulises García, ya fenecido, y justo detrás, Armando Morales, su otra pareja escénica y el actual director general de esa histórica institución titiritera.

Ahora que se ha marchado una de nuestras artistas más queridas y premiadas, dueña de inolvidables momentos del retablo y del teatro todo, incluyendo el cine y la televisión, la foto se me antoja mucho más especial de lo que es. Atrapa para siempre una imagen de precioso tiempo ido, como suele suceder con el implacable, de ahí el intento nunca infructuoso de rescatar lo válido del pasado, y en esa redención recordar a otros creadores que también partieron.


Fotos: Cortesía del Autor


El actor y director Luis Brunet, a la izquierda en la segunda fila, inicia la marcha infinita; mientras, a la derecha, está Regina Rossié, todavía en acción desde su comunidad en el municipio Playa, igual de dulce que en la foto y burlándose del dios Cronos.

En la fila tercera, donde está Xiomara al lado de Ulises, aparece Carucha Camejo, bella y elegante, maestra entre las maestras de nuestro teatro de figuras. Justo detrás de ella, en la cuarta fila, asomando su cabeza grande de muñeco, está Pepe Camejo, una de las puntas imprescindibles del triángulo mítico del TNG, junto a Pepe Carril, el único de pie en la sexta fila. Los tres fueron mentores de la jovencísima y talentosa Xiomara en los dorados tiempos del Guiñol, entre 1963 y 1971.

En las puntas de la cuarta fila, a la izquierda, está Isabel Cancio, enigmática y atractiva todavía, residente en Norteamérica. Al conocer del fallecimiento de la Palacio me escribió un correo electrónico donde reconoce que su compañera de escena se hizo de un especial lugar en el teatro y deberá ser recordada por sus aportes. A la derecha aparece Mabel Rivero, de quien no conozco mucho, pero Xiomara siempre se refería a su persona con cariño.

En la quinta fila está Ernesto Briel, el de las manos diestras, también de viaje por las inmensidades; luego, un artista que no alcanzo a reconocer, y a su izquierda, Perucho, el más pequeño de los Camejo, que al igual que su hermana Berta vive en los Estados Unidos. Cierra el elenco, recostada a Perucho, la desaparecida actriz Zenaida Elizalde, la misma que inspirara a Portillo de La Luz aquella canción que dice “Negra bonita de ojos de estrellas…”. Luego siguen más asientos vacíos, listos para ser ocupados por las generaciones posteriores de titiriteros que pasaron y pasarán por allí, tras la huella de una época plasmada en los bronces de lo mejor de la cultura y el teatro nacional.


En 1966 Xiomara estrenó La cucarachita Martina, en simpática versión de Estorino, dirección, diseño de vestuario y máscaras de Pepe Camejo, y la intervención en la escenografía del gran pintor e ilustrador Raúl Martínez. Su concepción de este personaje que va en busca del verdadero amor, consolidó su valía histriónica, al hacer un uso efectivo de su musicalidad natural, su particular voz entre niña y muchacha, que nunca perdió, y unas dotes humorísticas que ella, como nadie, sabía utilizar inteligentemente.

Tras La cucarachita… fue aplaudida en su personaje de Cazuelita cocina bueno, de la puesta en escena para adultos La loma de Mambiala, con dramaturgia de Silvia Barros, sobre el cuento congo recogido por Lydia Cabrera, dirección y diseños de Pepe Camejo, escenografía de Rafael Mirabal y asesoría musical y folklórica de Rogelio Martínez Furé. Títulos para niños y adultos como Blancanieves y los siete enanitos, bajo la guía de Carucha Camejo, y la memorable Shangó de Ima, con dramaturgia y dirección de Carril, la hicieron brillar nuevamente en personajes no menos importantes.


De 1966 a 2016 han transcurrido 50 años, cinco décadas en que la muchacha vestida de oscuro en la foto de Tito formó una familia, consolidó una carrera teatral y se convirtió en una artista de pies a cabeza, capaz de dirigir lo mismo un espectáculo, que impartir un taller para profesionales o aficionados, o abrir su casa a los amigos de Cuba y el mundo. Decirle adiós resulta dificilísimo. Tal vez por eso escruto incansablemente este retrato que atrapa un fragmento de la vida de Xiomara Palacio. Mi parada tristísima ante esta instantánea, donde aparecen personas entrañables, no es más que una justificación, un ardid para detener los relojes en ese año y no tener que decirle adiós.