Adela Legrá: la mirada que atrapó un país

Casi no se le puede sostener, casi no cabe debajo del sombrero. Han pasado los años desde aquella imagen, han pasado cuatro décadas; pero una vez que se ha tenido delante, no hay nada que pueda arrebatárnosla.

Toco la puerta de la protagonista. Es mi vecina. Me asomo a su casa en el poblado de Cuabitas, en las afueras de Santiago de Cuba. Mece la tarde o mece la vida. Las dos. Siempre habrá un asombro, un abrazo, un cariñoso reproche.


Fotos: Internet


Cuando me trae café quiero adivinar cuánto de Lucía y de Manuela todavía queda en ella, cuánto de aquella chica nacida en La Zona, Pluriales de Caujerí, Oriente adentro, el 17 de octubre de 1939. Nuestras miradas chocan. No hay que decir que estoy frito, que estoy perdido:

— ¿Qué buscas?

Me apresto a responder, pero no me deja. Me explica que ese café que estoy tomando ella lo ha sembrado, que ha tostado el grano, que es obra suya. Una estrella que siembra café y me lo trae en sus propias manos. Ya estoy dentro de una película, ya subí al plató…

La descubrió el cineasta Humberto Solás en Baracoa. Adelaida López Legrá aseguró que no conocía a nadie que se llamara Icaic y se vistió de miliciana para ir a ver a “aquellos blanquitos” que la procuraban. Arrogantemente dijo (siempre río arriba) que si el cine lo hacían mujeres de carne y hueso, ella también podría hacerlo. Lo ha contado tantas veces que no harán falta otros detalles, mas escuchar cómo los desgrana solo para mí, es una fiesta innombrable.

Solás era muy joven, pero sabía escudriñar en la distancia, entresacar de las profundidades. La hizo arrastrarse, cruzar cercas, subir árboles. La hizo reír y llorar. La exprimió hasta convencerse de que había encontrado a la protagonista de la cinta Manuela. Y en 1966 la lanzó al cine, a todo riesgo.

El cortometraje se basa en la historia real de una chica que entra al combate en la Sierra Maestra por venganza y acaba entregada a un ideal, acaba entregada al amor. La épica y el romance, unidos, como suele ser la vida. Su partenaire será Adolfo Llauradó, quien se llevará más de una sorpresa. Una dosis de improvisación y mucho de confianza por parte del director, marcarán la presencia de la Legrá.


 

En sus 41 minutos, Manuela rezuma el arte creativo de Humberto Solás, con todas sus libertades y fulgores; pero la sostiene el espíritu agreste de la Legrá. Ella misma ha confesado que se olvidó de la cámara, que se identifica más con Manuela que con ningún otro personaje que haya interpretado.

Hacemos un alto para que me hable de su patio, de sus marañones y de su método para conservarlos después que se acaba la temporada. Un alto para recorrer su vida. La sinceridad a todo trance es su carta de presentación. Harían falta muchas Adelas. Anda muy orgullosa de su familia numerosa; de  sus charcos y de sus palmas, muy segura de donde viene y hacia adonde va. Hubiese querido corporizar a Frida Kahlo y a Celia Sánchez. Tal vez lo ha hecho de algún modo. Y me quita una pregunta, se adelanta:

— No me parezco en nada a Lucía. Después que digo no, es no. No hay vuelta atrás, como aquel personaje.

Lucía (1968) ha sido incluida, en más de una encuesta, como uno de los filmes más notables de la historia del cine latinoamericano. Tres cuentos enlazados por un nombre, en los finales del diecinueve, década del treinta del siglo pasado e inicios de la época revolucionaria en Cuba. Raquel Revuelta, Eslinda Núñez y Adela Legrá serán las tres Lucías.

Su trayectoria ha sido accidentada. En el cine dice haberlo hecho todo: actuar, cortar, proyectar... Y para los que alguna vez han buscado escuela más que actitud, ella ha demostrado su calibre. Basta citar El Brigadista (Sergio Giral, 1977), la serie La gran rebelión (Jorge Fuentes, 1982) o el gran fresco coral que constituye Barrio Cuba (Humberto Solás, 2005). También ha aparecido en algunos documentales, incluido ¿Quién me quita lo baila’o? (José Armando Estrada-Guillermo de la Rosa Janeiro, 2001), donde cuenta parte de su vida.

En Miel para Oshún (Humberto Solás, 2001) otra vez fue llamada por el premiado director. Adela Legrá fue una de sus fetiches. En un road movie emocional, un hijo que ha llegado del exterior busca a su madre. Le ocurre de todo. La madre es omnipresente en el filme, es el motor de la trama; pero su imagen solo se develará al final.

Su presencia en pantalla es breve. Los gritos llegan desde la otra orilla. El remo avanza. El pueblo corre. “Mira a tu hijo”, grita una vecina. La llevan casi en andas, la sujetan. Y se produce al fin el encuentro, el clímax. La madre intenta tocarlo, hay lágrimas, se despeina…

— Me desmayé, era muy fuerte la carga del personaje, me confiesa la actriz. Y luego sobreviene un largo silencio. ¿Cuántas veces estos abrazos no han asaltado la realidad?

Solás construye la apariencia de aquella madre con una curiosa cita cinematográfica a su propia obra, un homenaje a la Lucía del tercer cuento, la de la toalla y el sombrero. Esa es, por antonomasia, la imagen del cine cubano. Y no puedo menos que volver, que insistir, que atrapar un testimonio que llega de primera mano…


La imagen del cine cubano

“Humberto siempre tuvo en mente filmar la película Lucía en Gibara y sus alrededores, y allí se hizo. Se cambió lo de las salinas, porque la locación era en Caimanera; pero había pasado un ciclón, un temporal, y se había deteriorado el lugar. Estaba muy contenta de que se filmara ahí, porque me había criado en Caimanera y me iba a sentir en mi tierra…, pero finalmente se hizo en Nuevitas.


 

“La escena final de las salinas fue violenta, aquello fue apoteósico. No sé si era debido al mismo ciclón, pero las cabañas estaban demolidas y llenas de cangrejos, los colchones eran sal y agua, había un solo ventilador, todo daba pena. Al otro día vino el agotamiento. Yo me sentía agotada, pero no lo expresaba.

“Humberto quería que se me viera en la mirada, que lo viviera, y no me salía. Fue tanta la insistencia…, pero yo estaba toda quemada. El día anterior habíamos empezado a filmar escenas en las salinas, y al siguiente había que ponerse la misma ropa, aquellas botas de agua que me quedaban grandes, me rozaban, ¡imagínate tú! Yo soy de las que no puedo poner los pies en el piso... Eran como las 12 del día en la salina, y le dije: `¿pero tú quieres que yo corra, que corra de verdad? ¡¿Seguro que quieres que yo corra?!’ Y me quité todo aquello y empecé a correr.

“Las salinas tienen una barrera donde van dejando lo que sacan del agua. Imagínate mis pies sobre aquellas cosas, pero yo no las sentía. Entonces dijeron: `¡Ay, mi madre, se fue para La Habana esta mujer!´. Dicen que lo que veían de mí era un puntico, te puedes imaginar a qué distancia corrí… Al regresar, me desmayé con la cabeza para el agua… me hubiera ahogado.

“Cuando llegó la maquillista a retocarme, me puso una toalla y el sombrero. Humberto le dijo: `¡No, no la toques, que eso es lo que yo quería!’. Era yo mirándolo a él. ¡Esa foto! Todos creen que era lo que yo quería hacerle a Llauradó, pero no era al actor, sino al director. Después de tantas cosas, quería comérmelo vivo”.

En 2011 presenté al Concurso Hermanos Loynaz el cuaderno Poemas del lente. La suerte me acompañó y aquella propuesta se transformó en un libro. Tuve el gusto de leerle a la protagonista el poema que me inspiró. No todos los días uno se sienta a solas con la mujer que atrapó un país en la mirada.

 

Lucía / Adela

Esta mujer que corre en las salinasa contraluz
con ganas de morder  de escapar  de volverse una ola
esta mujer con los demonios en las cejas me tortura
cuando extiende la taza de café cuando mira debajo del sombrero.