Acerca de tránsitos: individuos, discursos y escenarios sociales

Comienzo con una pregunta: ¿Cómo transitar cada día por múltiples caminos ligados a los estudios teatrales en los que se cruzan regularmente varios propósitos y no cejar en el propósito de crecer y hacer crecer un pensamiento teatral productivo?

Ante la interpelación de este panel, titulado “Tránsitos: individuos, discursos y escenarios sociales” ─y voy a atenerme de manera cercana a los términos de su convocatoria─, aflora el torbellino de metas que signa mi experiencia de cada día. Formada como teatróloga en las aulas de este recinto, destinada a aplicar los conocimientos en tareas de organización y promoción desde los procesos creativos, muy pronto mis derroteros profesionales se encaminaron a la labor editorial ligada al pensamiento teatral, a la par que daba mis primeros pasos en la crítica.


Foto: René Suarez Ramirez y Osmara Alberteris Cañizares


 A estas alturas esa experiencia suma más de tres décadas, en las cuales leer y hurgar en el pensamiento crítico y analítico en torno al teatro, cotejar ideas, dialogar con artistas y pensadores de Cuba y de muchos puntos de este hemisferio y multiplicar sus voces en un conjunto de páginas ─y nunca mejor usado que en este caso el sustantivo que alude al sentido plural─, ha avanzado en paralelo con otros emprendimientos afines, como ejercer con regularidad mi  propia voz crítica acerca de la dinámica teatral que me rodea para canalizar una necesidad de expresión. Mi ejercicio de análisis y valoración se traduce al papel o al mundo virtual a través de diferentes medios culturales y especializados, o a viva voz al espacio de lo oral, efímero como el teatro mismo, en foros y en un espacio radial. O se multiplica en el ámbito mínimo de un taller en un aula de esta misma universidad, en transmisión de un conocimiento que promueve e impulsa que las ideas viajen en ida y vuelta, se confronten con las de mis alumnos, se afirmen y fundamenten para que cada uno construya algo parecido a la verdad que defiende y que arrojará luz a una verdad mayor.

Más tarde, se incorporó a mi quehacer la organización de una temporada de teatro latinoamericano y caribeño, concebida y defendida desde la Casa de las Américas a través de una curaduría que delimita perfiles y demanda opciones variadas y niveles de calidad, y ya van a cumplirse 18 años y diez ediciones desde el primer intento que emprendí frente a un equipo que ha ido variando, siempre mínimo y polivalente. Aspiramos a que Mayo Teatral cristalice formas reales de encuentro para diversos públicos y de los artistas entre sí, junto con aprendizajes mutuos que resulten también en referentes útiles y crecimiento para el teatro cubano y no solo de La Habana.

Por debajo y por detrás de cada una de esas funciones que realizo cotidianamente, inseparables una de las otras, está el campo de la investigación, un camino que recorro a veces en dúo, a veces en grupo, las más en solitario, en tránsito angustioso y placentero hacia lo desconocido, lleno de escollos y sorpresas, y donde al entrar en la “selva oscura” ─para evocar a mi maestro, a nuestro maestro, Rine Leal─,los encuentros con el pasado aclaran las marañas del presente y permiten avizorar, a veces, un destello del camino al futuro. O al menos nos dan el valor necesario para intentar fabularlo, para hacernos preguntas nuevas y lanzarlas en todas direcciones.

El camino investigativo también tiene para mí muy diversos tránsitos. Uno es la ruta necesaria para afianzar bases y sostener decisiones ligadas con las funciones ya nombradas: para diseñar un número de Conjunto; para estructurar un encuentro del seminario de crítica; para curar Mayo Teatral y celebrarlo por todo lo alto posible sin morir en el intento; para asesorar procesos de creación ─lo que también me ha tocado en suerte muy al principio y recientemente─; o para traducir al texto escrito o dicho las inquietudes que a menudo me genera una experiencia como espectadora. Porque una revista que se respete no es una suma acumulativa de páginas, trabajos y autores, sino que cada entrega configura un corpus y un discurso múltiple y complementario, fiel a la vitalidad de las experiencias teatrales que le dieron origen y a la vez, a partir de una dramaturgia que aspira a cumplir las mismas reglas de tensión e interés que cualquier puesta en escena rigurosa. También, porque una crítica o una reseña, como los encuentros de un seminario, o el diálogo con un proceso creativo, comprometen un ámbito de saberes teatrales, culturales, sociales, filosóficos y políticos, entre muchos otros, que demandan preparación y sedimentación de ideas. Y porque el crítico, como creador que es, al tiempo que construye un discurso que aspira a dialogar de igual a igual con el de la obra estudiada, requiere ser extremadamente preciso en cada dato y suficientemente convincente en cada aseveración —desde el conocimiento responsable—, para después volar a lo alto, entretejiendo palabras e imágenes, aseveraciones y metáforas. Otro tanto se aplica a los presupuestos a barajar para propiciar el encuentro vivo entre artistas de diversas latitudes, confrontados entre sí, como parte de lo más representativo que se hace en la escena latinoamericana, y con los exigentes espectadores cubanos, en función de una temporada que por demás se arma desde la mayor austeridad material.

El otro camino para la investigación es el que defiendo en pos de intereses, dudas e inquietudes más personales, muy ligado por estos tiempos a desentrañar las razones de coincidencias y vasos comunicantes entre experiencias diversas de la escena latinoamericana actual. Algo que se inscribiría en una rama del teatro comparado y para el cual el reciente encuentro con Jorge Dubatti y su energía irradiante me ha inyectado un tormentoso apremio. Ese tránsito lo recorro a duras penas, desde la intermitencia y entre brechas de horas sacadas al descanso y en lucha contra el tiempo, esa noción que es, hoy por hoy, el blanco de mi principal batalla profesional y humana.


Jacuzzi. Foto: Abel Carmenate


Más allá de mis propias metas, como parte que soy del teatro cubano de hoy—, siento también la necesidad de otros tránsitos. En primer lugar, el de multiplicar diálogos honestos y comprometidos con la responsabilidad profesional de críticos y creadores, abiertos y rigurosos, que enriquezcan los discursos críticos del teatro y favorezcan la necesaria jerarquización del oficio y sus hacedores, bastante desdibujada como consecuencia de tiempos de crisis —estoy de acuerdo con Carlos Celdrán cuando hace muy poco afirmaba que atravesamos una crisis de profesionalidad—. Para que esos diálogos productivos y abiertos se articulen, consecuentemente, con los que necesita activar la sociedad cubana en muchos otros ámbitos. Porque la cultura, el arte y el teatro en particular, con sus propias reglas y alcances, requieren articularse con un espíritu mayor de diálogo desde la realidad misma, al cual no pueden remplazar y del cual, visto desde otro ángulo, todos somos responsables como ciudadanos, esa figura que Boal entendía no solo como habitante de la polis, sino como alguien capaz de transformar la realidad para el beneficio humano.

Entre mis expectativas está también un tránsito más orgánico y más diáfano entre las propias veredas en las que se cruzan expresiones de nuestro teatro, pues como me sumo al espíritu del texto de estímulo que recibimos para intervenir en esta mesa: “Ante la atomización de los proyectos creativos y el auge del individualismo que atraviesa distintas áreas del arte contemporáneo y los procesos culturales (…) queremos promover una reflexión múltiple respecto a los tránsitos por los que hoy transcurren los oficios y los emprendimientos, que resultan al cabo nuestros proyectos de vida y obra”, me siento en la obligación de repudiar acciones de mezquina competencia que malogran la unidad del teatro en beneficio de una tendenciosidad interesada y que favorece a unos pocos.

Ya he vivido muchas experiencias en estas lides y me niego, por principio, a añorar el pasado, porque creo firmemente que hay que mirar hacia adelante y aportar algo cada día para el futuro de los que vendrán. Y en un espacio del ISA, casi acabando junio de 2017, debo contar, para finalizar, la satisfacción que sentí hace poco, al asistir al final del segundo módulo de la nueva Maestría en Dirección Escénica, un proyecto que pone a prueba la Facultad de Arte Teatral, como un verdadero laboratorio de investigación y enseñanza.

Al apreciar las búsquedas de doce maestrantes trabajando juntos, por encima de sus procedencias formativas y de tendencias, defendiendo en grupo cada una de las escenas e intercambiando roles de director, actor, escenógrafo y diseñador de vestuario o de banda sonora, en pactada negociación y trueque de saberes, descubrí un atisbo de lo que ojalá, siente las bases para un movimiento teatral más compacto y sólido que el que algún día tuvimos, y lo enriquezca desde su diversidad. Porque ese proceso formativo, aún con experiencia mínima y de modesto alcance, reveló cómo puede pensarse la formación en el ejercicio de diversos roles que le obligan a ser parte activa y pensante, líder y ejecutor, voto y voz para sí y para los demás, y cómo cada uno está obligado a cumplir una necesidad nueva, la de explicarse el porqué de cada opción creativa, en consecuente diálogo con el resto y para aspirar a un teatro mejor.

Vislumbré pasado, presente y futuro, herencias aprehendidas y ansias de volar. Mi espíritu de crítica, investigadora, editora y gestora se dilató gozoso.

Hace poco una de las mentes más lúcidas de nuestro ámbito cultural, la ensayista Graziella Pogolotti, en su faceta de cronista y desde una plataforma de amplio alcance, mientras lamentaba el tránsito de recientes pérdidas que hemos sufrido, afirmaba que: “La nación se construye con las manos de todos, en el bregar de una cotidianidad compleja, a veces turbulenta y siempre desafiante, porque en ella, a cada momento, se bifurcan caminos y hay que seleccionar la senda mejor”.

El teatro y el pensamiento teatral cubanos tienen mucho que decir.