Acerca de lo que África nos legó y un aporte a las luchas antirracistas

Si se toman en cuenta los plazos que mediaron entre la redacción de las obras y su puesta en circulación, pudiera parecer tardía la aparición de los libros Herencia africana en América, de Silvio Castro, y ¿Racismo en Cuba?, de Heriberto Feraudy, ambos publicados por la Editorial de Ciencias Sociales, fechados en 2015 pero en realidad presentados en 2016. El primero estuvo inicialmente listo para acompañar en los albores del lustro pasado el comienzo de las conmemoraciones centenarias de las gestas independentistas en América Latina; el otro fue tomando cuerpo entre 2011 y 2012, a medida que el autor entrevistaba a relevantes personalidades de la vida cultural cubana y otros medios complementaban dicha labor, como se observa en el volumen citado, en el abordaje del tema. Esas dilaciones se explican por la madeja de dificultades que complican en nuestro país la producción editorial.  

Sin embargo la salida al ruedo de ambas publicaciones rebasa cualquier apreciación coyuntural. Los conocimientos aportados por Silvio y Feraudy son útiles hoy y pienso lo serán mañana no solo por el peso de los contenidos específicos sino por el grado de penetración que de diversa manera consiguen al internarse en una zona tan sensible y sobre la cual todavía entre nosotros subyacen prejuicios, distorsiones y olvidos.

El libro de Silvio Castro traza un panorama bastante abarcador, dentro de la síntesis de una obra de proyección monográfica, acerca de la presencia de los pueblos africanos en América Latina y el Caribe desde la llegada de los primeros esclavos hasta la actualidad.

A lo largo de sus páginas se revela el oficio y el método del historiador. Recordemos que es el escritor de La masacre de los Independientes de Color, texto que ilustra como pocos los pormenores de uno de los sucesos más infamantes de nuestra primera república, por su connotación criminal racista y clasista. Pero junto al rigor en el manejo y cotejo de fuentes y en la misma exposición se revela también la confluencia orgánica de su compromiso político e intelectual.

En la apertura, el autor repasa la génesis y expansión de la esclavitud en el continente y precisa cómo la esclavización de los africanos utilizados como mano de obra por las potencias europeas que colonizaron las Américas es un fenómeno íntimamente vinculado al nacimiento y desarrollo del capitalismo, lo cual debía tener un sustento ideológico que Silvio describe con certeza al decir: “La imagen de la superioridad blanca y la inferioridad de los llamados pueblos de color fue una construcción del colonialismo”. Lamentablemente se trata de una construcción largamente arraigada que en mayor o menor medida, de acuerdo con las peculiaridades de cada país, aún dista de ser superada en nuestras sociedades.

Realmente emotiva, por las imágenes de revelador heroísmo que contiene, resulta el capítulo dedicado al cimarronaje, los palenques y las sublevaciones de esclavos de norte a sur y de este a oeste en nuestra América durante la etapa previa a los primeros procesos independentistas y anticipándose o  integrándose a estos, articulación natural que encuentra su expresión en los capítulos subsiguientes, consagrados respectivamente a la Revolución haitiana y a la participación de africanos y sus descendientes en las guerras emancipadoras del siglo XIX.

A continuación Silvio se interna en los avatares de la abolición de la esclavitud, los tiempos y circunstancias diferentes según cada país pero bajo un común denominador; el conflicto de la clases dominantes entre la necesidad de introducir una nueva y superior forma de explotación de las fuerzas productivas y el temor al empoderamiento de los negros y mestizos libres.

Ello explica lo que el autor puntualiza en capítulos ulteriores: las desventajas económicas y sociales de los descendientes de africanos en las nacientes repúblicas y la persistencia del racismo. Todo lo cual ha continuado generando expresiones de lucha y resistencia como las que se libran en la actualidad.

Entre otros méritos del libro de Silvio caben destacar el seguimiento sincrónico de las realidades de los territorios continentales y los insulares —el Caribe, con sus especificidades, aquí no sea olvidado— el repaso, de manera sumaria, de los aportes a la construcción y desarrollo de la esfera espiritual; y el acertado deslinde entre lo que se ha ido consiguiendo en el plano legal en términos de igualdad durante el último medio siglo y la realidad cotidiana de las comunidades negras en la mayoría de los países.

La pregunta que Silvio lanza al final del libro antes de los valiosos e ilustrativos anexos —“¿se pagará esa deuda algún día a sus descendientes?” (se refiere a la que las sociedades latinoamericanas y caribeñas tienen con la múltiple y enriquecedora herencia africana)— se empata con una de las premisas de la indagación testimonial y conceptual llevada a cabo por Feraudy en una obra de plena y útil vigencia.

Porque, a fin de cuentas, el saldo de esa deuda no pasa únicamente por el reconocimiento y la consecuente jerarquización de los aportes del legado africano —tarea que implica responsabilidad y un riguroso ejercicio inclusivo, puesto que tampoco se trata de discriminar o minimizar las raíces que configuran nuestro rostro diverso— sino también por la erradicación de todo tipo de práctica discriminatoria y el más mínimo vestigio de la ideología racista.

Feraudy se concentra en el caso cubano. En nuestro país, con un pasado ominoso que nunca deberíamos ignorar, con el triunfo revolucionario de enero de 1959 se dinamitaron las bases institucionales del racismo y comenzó un radical proceso de transformaciones socioeconómicas y culturales que, ante todo, y por primera vez en nuestra historia, vindicó el sentido de la dignidad humana.

No obstante esos innegables e incuestionables avances, determinadas visiones racistas y prácticas discriminatorias han subsistido, afincadas en la subjetividad —tenemos que saber que los cambios de mentalidad operan a  una velocidad diferente a los que se dan en la esfera material— y en desventajas históricamente acumuladas, así como por los inevitables retrocesos en la calidad de vida que los cubanos sufrimos a raíz de la desaparición del campo socialista europeo y el recrudecimiento de la hostilidad de las administraciones norteamericanas contra Cuba en los años 90.

Quien ejerció la diplomacia revolucionaria en países africanos —allí se dedicó también a investigar nuestras raíces espirituales— y recibió el encargo de la Uneac de encabezar la Comisión Aponte contra la discriminación racial y por la promoción del legado africano en nuestra historia e cultura— quiso saltarse la anécdota y los rencores para indagar en razones, factores y posibilidades de superación efectiva de esas rémoras en nuestro medio social, y para ello entrevistó al intelectual y político Ricardo Alarcón de Quesada, el sociólogo Fernando Martínez Heredia, al desaparecido sacerdote Carlos Manuel de Céspedes y García Menocal, al historiador Eusebio Leal, a la profesora y ensayista Graziella Pogolotti, el novelista Leonardo Padura, al historiador Rolando Julio Rensoli y al escritor y guionista de cine Eliseo Altunaga.

Suma a estas voces, obtenidas de otras fuentes, entrevistas al historiador Eduardo Torres Cuevas, a la socióloga Zuleica Romay, al etnólogo Jesús Guanche, al economista y politólogo Esteban Morales y una que le hicieran a él mismo.

Estamos ante aproximaciones poliédricas acerca de un fenómeno de por sí complejo, el cual por tanto no puede abordarse con dogmas ni maniqueísmos, ni tampoco desde la improvisación irresponsable, puesto que es un tema que se halla en la agenda de quienes procuran subvertir la actual realidad cubana hasta hacerla retroceder en el tiempo.

Como para curarnos en salud, Feraudy pidió a la doctora Beatriz Marcheco, especialista en Genética Clínica, un prólogo que confirma sobre sólidas bases  científicas, lo que nuestro Fernando Ortiz dijo en su día acerca de “el engaño delas razas”.

Como joya de la corona, en la introducción Feraudy reproduce unos apuntes de Martí, de profundo contenido antirracista, rescatados por el Centro de Estudios Martianos. Palabras lúcidas que no reproduciré para dejar a la mayoría de los lectores la primicia del descubrimiento.

La respuesta a la pregunta con la que Feraudy titula su libro no se resuelve en términos de afirmación o negación, sino de necesario, consecuente y sostenido combate. Como afirmó Martínez Heredia, “la profundización del socialismo debe ser antirracista”.