Abridora de caminos para Evas

Confieso que descubrí a Mirta Yáñez tarde en mi vida. O al menos, en una etapa avanzada como lectora. Fue exactamente a finales de 2008, cuando en el último año de la carrera me acerqué al periodismo y la literatura hecha por mujeres en Cuba. Era una asignatura optativa, Género y Comunicación que se imparte en el primer semestre; y como toda elección, muchos llegaron a ella por casualidad, y pocos por causalidad.

Es triste. En la Universidad todavía resulta pobre el sistema de conocimientos que se dedica a indagar en los aportes femeninos a las letras, y peor a la prensa cubana de todos los tiempos. Resulta una deuda vieja, penosamente sin saldar desde las aulas universitarias. Poco se supo, o poco se imparte, sobre la Gertrudis Gómez de Avellaneda periodista, o acerca de Domitila García Doménico, Mariblanca Sabas Alomá o Loló de la Torriente. Apenas se promociona académicamente, y solo por referencias generales, el quehacer periodístico-escriturario de Marta Rojas. Muchos menos existe un interés docente sistémico y permanente en adentrarnos en la narrativa no solo de Yáñez tampoco de María Elena Llana, Marilyn Bobes, Laidy Fernández del Juan, Ana Lidia Vega Serova o Aida Bahr.

Por eso las descubrí tarde. Primero fue con Yáñez y “El diablo son las cosas”; después encontré a las demás. De Yáñez leí virginalmente este cuento, sin preludios biográficos, sin resúmenes académicos. Por suerte. Siempre pienso, quizá erróneamente, que se debe leer la obra sin pre-condicionamientos, sin referencias que sugestionan la lectura y funcionan cual oráculo estilístico y contador de cuentos. A mí me funciona. Y con Yáñez resultó de maravillas.

Con “El diablo…” desarrollé un voraz interés por engullir su literatura, o lo que es todavía mejor, por leer mucha literatura femenina. Luego, casi instantáneamente, supe de todo el tiempo perdido, de que ella, ellas estaban ahí hacía muchos años, muchos libros.

Yáñez vino a colonizar mi librero con las buenas obras bajo rúbrica de mujer, en buena medida gracias a la compilación Estatuas de sal que realizara junto a Marilyn Bobes. Después llegó todo lo demás. Fue una especie de “abridora de caminos para Evas”, como a la propia Laidy Fernández del Juan le gusta distinguir. Y así insistieron varios participantes en el espacio El autor y su obra de la Biblioteca Rubén Martínez Villena, dedicado en esta ocasión a las cuatro veces Premio de la Crítica.

Sí, a Yáñez y su literatura la descubrí en 2008; pero de peculiar manera a la Mirta persona, a la autora que Sangra por la herida, sobre todo a través de las palabras de quienes bien le quieren o bien le reseñan.

El panel fue propicio para conocer cómo se convirtió en excelente narradora porque comprende profundamente la poesía; cómo desde su temprana juventud asumió que el aprendizaje cultural solo es posible devorando mucho arte sin horarios; cómo su obra respira un aliento profundamente cubano.

Y con el tiempo vinieron los calificativos que le encasillan, es cierto, pero también le delimitan entornos para reposar justamente su creación. Los panelistas así lo expresaron: “maestra del arte de narrar”, “catedrática de la ironía y el humor”, “autora que tiene la destreza de moverse de un género a otro”, “clásica de la cuentística cubana”.

Se coincidió en su equilibrio del lenguaje; en su interés literario y periodístico por las personas olvidadas; en su afán por la equidad más allá de oportunistas igualitarismos; de su rechazo a las “capillitas literarias”. Porque fue, ha sido, y es, una “mujer sin pelos en la lengua”, como así caracterizaron a quien siempre defendió que “la libertad de pensamiento tiene que pagar un precio”. Ella lo ha pagado.  

Hay entrevistas que dicen todo eso. Es verdad. Pero coincidir críticos, autora, obras, pensamientos en un mismo espacio de homenaje—sí, homenaje por mucho cliché cultural que albergue la palabra—, resultan lujos extremadamente disfrutables.

El momento fue de aproximaciones íntimas y profesionales. Para Laydi Fernández del Juan uno de los principales aportes de Yáñez radica en “transitar por conflictos humanos, universalizando lo que de local pueda existir en su obra”.

Menciones llegaron resumidas sobre algunos de sus textos: Todos los negros tomamos café (cuento, 1976), La hora de los mameyes (novela, 1983), y El diablo son las cosas (cuento, 1988. Premio de la Crítica).

En ese sentido, todos los participantes insistieron en una de sus últimas entregas Sangra por la herida (novela, 2010) especie de simbiosis entre sus recuerdos y sus demonios presentes. Una carta náutica intimista.

Aunque, el consenso de los panelistas descansa en las nupcias de Yáñez con la justicia; en su amor al prójimo más que así misma; en su intensa voz de autora femenina, feminista, que parece lo mismo pero no es igual. Si bien su defensa a las plumas silenciadas, contiene una filosofía interesante, meridional no solo pro-mujer, sino pro-análisis, como insistiera en una entrevista publicada en este mismo espacio: “No creo que sea necesario poner personajes femeninos de manera exclusiva o tocar ese asunto reiteradamente. No creo para nada que exista un modo femenino de escribir. Existe un modo único de escribir: con talento”.

De esa forma lo cree, lo recalca Fernández del Juan: “Mirta abrió los ojos de las Evas que nos habitan (…) para mirar, existir, escudriñar desde la sospecha”.