A esa muchacha mía

“Esta casa donde naciste era de tablitas de madera, donde se veía de adentro para afuera y de afuera para dentro”. Estas son las palabras que me repite una y otra vez mi abuela para que nunca olvide de donde vengo, ella se niega a la desmemoria. Nací en la barriada de los Hoyos, en Santiago de Cuba, con una familia muy humilde, pero que siempre profesó gran amor a una joven muchacha, que prometía ser muy grande. Nací en 1998, a 39 años del Triunfo, con una Cuba diferente a la de mis abuelos, donde podía correr libremente, en cualquier lado, ya fuera en la calle, en  mi escuela, con mis amigos. Nací con la felicidad de quien se siente libre. Con un año de edad estuve en un círculo infantil, porque tenía una familia trabajadora, y en este lugar me podían cuidar hasta que mi madre regresara por mí. Allí pasé los primeros cinco años de mi vida, allí debía aprender muchas cosas, pero sobre todo aprendí a saber quién era y qué hacía en ese lugar. Luego me abrieron los brazos en la escuela primaria, donde me enseñarían a leer, a escribir, a ir  comprendiendo que era el amor, el amor desinteresado y puro, el amor que mueve al mundo. Y fue esa muchacha que en aquel momento cumplía cuarenta y cinco la que me permitió adueñarme de ese amor. A los seis años ya llevaba tres estudiando ballet en una escuela comunitaria, con niños iguales a mí, mayores y menores.

Estaba allí porque quería, era un divertimento para una niña pequeña, o quién sabe, podrían ser las puertas de mi futuro, allí todos éramos iguales, niñas y niños, no pagábamos nada por aprender a bailar, y es que esa muchacha quería hacer realidad nuestros sueños.


Foto: Las cuatro joyas, Festival del Caribe, Santiago de Cuba. Cortesía de Sonia Almaguer

 

Lo entendí, cuando era más grande y supe que en el 99  las calles de mi Cuba se llenaron porque esa muchacha pedía que un niño de apenas seis años volviera a sus brazos porque unos tiburones hambrientos lo habían tomado sin permiso y no pretendían devolverlo, pero cuando el amor es tan grande nada puede vencer a los buenos sentimientos. Entonces ese niño volvió a su  seno, y la muchacha lo amantó, lo cuidó, le brindó protección y cariño.

Entonces comprendí que vivía en un país codiciado, que como todos había cometido errores, pero contaba con más aciertos. Yo no nací en el mejor de los barrios de Cuba, sino en un lugar donde siempre hubo conflictos, pero que al igual que Cuba sabía solucionarlos.

Esta muchacha a la que aprendí a querer siempre brinda seguridad y bienestar entonces cómo no amar eso que sólo quiere amar y cuidar de ti. Pero también comprendí que no solo era a sus niños, porque justamente el año en que yo nacía, esos mismos tiburones hambrientos tomaron a cinco hombres suyos, que tampoco querían devolver. El padre de esta muchacha, juró que tendría de vuelta a sus cinco compañeros, y así fue. ¡Oh, Ernesto, cuánta razón tenías! Y es que sin amor no se puede ser hijo de esta gigante.

Un día decidí que no quería estudiar más ballet, ahora mi sueño era ser violinista, entonces matriculé en una escuelita de música y allí pasé siete  años más de mi vida. Toqué violín, aprendí a crecer un poco más, y tenía otro sueño cumplido. La escuela de violín me había dado herramientas. Ya era más grande, tenía 15 años cuando llegué al preuniversitario Rafael María de Mendive en mi Santiago, porque como todo el que llega allí, deseaba optar por una carrera universitaria. Fue en aquel momento donde supe que estaba en el lugar donde muchos años antes el padre de aquella muchacha, había estudiado, porque al igual que yo, quería llegar a la Universidad. Y es a esta edad donde comienzas a descubrir nuevas historias, nuevas anécdotas que antes no conocías y comienzan a surgir las dudas. Pero hay que recapitular, volver al camino recorrido y no olvidar todo aquello que aprendiste y que te enseñó a amar porque tenías argumentos que te permitieron creer en ello.

Hoy estudio periodismo, lo que una vez consciente decidí que sería mi futuro. Estudio en una Universidad mambisa, donde se venera y ama a esa muchacha. Esa joven que ha crecido, pero que sigue joven, que va por 59 años y sigue dándome razones para amarla, porque me permitió llegar a donde estoy, porque me dio las armas para hacerlo, siendo mujer, nacida en una familia humilde, con principios y convicciones fieles a ella. Muchacha mía, sí, mía, porque te siento propia, prometo serte fiel, porque me diste razones para ello, me permitiste crecer y yo quiero seguir ayudando a que tú crezcas. A ti, mi Muchacha Revolución, ¡GRACIAS!