A 15 aƱos del primer viernes: lo imposible en lo posible

La Jiribilla cumple 15 años y a mí, que pasé dos lustros de mi vida formando parte de ese espacio de resistencia —como nos gustaba llamarnos— me han pedido un texto. En realidad podría hablar de lo que significó en lo personal, de las cosas aprendidas, de tanta gente increíble que quiero como familia y dejó una huella en ese lugar guiada por una Maga de entusiasmo inquebrantable; de las infinitas veces que en el extranjero me han dicho cuánto les gustaba la revista, que les sirvió para una investigación o que por ella conocieron a determinado músico; de las risas y también de los llantos. Pero prefiero dejar esas evocaciones para otro momento y hablar no de lo que significó para mí, sino de los caminos que abrió para todos.

Desde hace unos pocos años las redes cubanas se han venido poblando con una multiplicidad de sitios bastante notable si se tiene en cuenta la baja penetración que tiene Internet en la Isla. Aunque cada periódico, emisora de radio o canal de televisión posee el suyo propio, el peso mayoritario en cuanto a difusión internacional lo tienen los llamados proyectos alternativos, que a modos de blogs y revistas han venido a darle un carácter más plural (que no colectivo ni democrático) a la esfera mediática cubana.

Lo que llama la atención de estos proyectos nacientes es que pareciera que antes del alumbramiento de cada uno las redes en Cuba eran un desierto que solo ellos pueden hacer reverdecer. Pensándolo bien, la actitud no es nueva: léase cada editorial de fundación de cualquier medio del modernismo, de la vanguardia y de cualquier movimiento posterior, y palabras más, palabras menos, dicen lo mismo.

La Jiribilla habló primero que nadie en Internet, desde Cuba, de temas que hoy parecen muy normales, pero entonces solo se abordaban en congresos o eventos a puertas cerradas.Quince años son muchos para una revista, estas suelen tener vidas intensas, pero cortas. Haciendo memoria, algunas de las más famosas no han pasado de los dos o tres primeros números. Durante años La Jiribilla sacó al aire una revista completa cada viernes, sin importar si —como al inicio— había que llevarla en bicicleta hasta otro sitio para subirla desde allí o si era 24 de diciembre, fin de año, si venía un ciclón o el mar se desbordaba. La Jiribilla habló primero que nadie en Internet, desde Cuba, de temas que hoy parecen muy normales, pero entonces solo se abordaban en congresos o eventos a puertas cerradas. Y puso sobre el tapete la relación con la emigración, el racismo, la homofobia, la literatura y el arte de la diáspora, el cine joven y las revisiones historiográficas…

Nunca rehuimos el debate, de hecho, tuvimos algunos muy polémicos, dolorosos incluso. Divulgamos muchas veces posturas de intelectuales reconocidos, con los cuales el equipo de redacción no estaba de acuerdo, pero aun así sentíamos que se debían publicar. Como se dice en Cuba, nos metimos en candela no una, sino muchas veces, con los de adentro y los de afuera, los de izquierda y de derecha. Parecía como si la mayor parte del tiempo fuéramos a contracorriente. Y creo que nos acusaron tantas veces de oficialistas como de darle armas al enemigo.

Quienes fundaron la revista y quienes fuimos llegando después éramos, como Aute, defensores de la belleza. Muchos se alejaron porque no entendían que pudiéramos discutir por horas a causa de un adjetivo, una coma, una ilustración, un encuadre, y al mismo tiempo pretender tener la primicia noticiosa. No les exigíamos a ellos más de lo que nos exigíamos a nosotros mismos.

Éramos ambiciosos, y según el ancho de banda lo fue permitiendo, fueron creciendo las galerías de imágenes, las antologías de audios y los videos de los músicos de todo el país, incluso algunos extranjeros que iban a tocar al Patio de paredes amarillas hasta donde habían llegado las ilustraciones de la versión de papel de la revista.

Parecía como si la mayor parte del tiempo fuéramos a contracorriente. Y creo que nos acusaron tantas veces de oficialistas como de darle armas al enemigo.Al contrario de la postura que abunda hoy en nuestras redes, La Jiribilla no renegaba de sus deudas, las honraba. Y le debía a Lezama su ángel, que era, al mismo tiempo, “diablillo de la ubicuidad”; a Lunes de Revolución, su gráfica; a Pensamiento Crítico, su pasión por las ciencias sociales y por comprender y explicar la realidad cubana; al Caimán Barbudo, su devoción por las peñas musicales; y a tantas otras publicaciones, la formación de los revisteros, fotógrafos, diseñadores y programadores de esa troupe variopinta que armaba cada número con la pasión de cronopios a prueba de famas.

Los tiempos han cambiado, son otros quienes hacen La Jiribilla hoy, y distinto es su lugar en los medios y la cultura cubana. A la mayoría ya no los conozco y no puedo aventurar cuál revista sueñan hacer. Pero tengo la satisfacción de haber formado parte de ese grupo de gente que dedicó años de su vida a abrirle el camino al periodismo cubano que tímidamente se va expandiendo, porque como decía Lezama: “Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinidad”.