50 años de un premio que ¿decae?

Fue en 1979 cuando Senel Paz, Daína Chaviano y yo obtuvimos el Premio David de cuento, ciencia ficción y poesía, respectivamente. Nunca olvidaré aquellos años gloriosos en que los jóvenes de entonces sentíamos que habíamos llegado a una cima, a un lugar en el que cualquier escritor inédito empezaba a sentirse un consagrado en un mundo donde todavía era este, quizás, el único certamen para aquellos que no tenían ningún libro publicado.


Portada del premio David 1979. Fotos: cortesía de la UNEAC


Para el acto de entrega nos vestíamos con nuestras mejores galas. Sabíamos que toda la prensa del país estaría presente y lista para nuestra promoción, y que el gran poeta Nicolás Guillén, entonces presidente de la institución que auspiciaba el concurso —y que aún lo auspicia —, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), estaría presente para entregarnos nuestros diplomas.

Las mesitas que se colocaban en los jardines de la casona de 17 y H estaban llenas de escritores prestigiosos, y la ceremonia resultaba para todos los que por entonces alcanzaron algún reconocimiento en el David algo que jamás olvidaríamos en nuestras vidas.

Hoy, a pesar de la importancia que este certamen sigue teniendo para los escritores jóvenes de nuestro país, las cosas resultan un tanto diferentes. Y es una lástima que se haya perdido aquella antigua costumbre de dar jerarquía a un acontecimiento que significa la entrada por las grandes puertas de la literatura nacional para aquellos que sienten que tienen algo que decir a sus contemporáneos.

Porque, en mi opinión, el David se ha convertido en algo rutinario, de escasa promoción. Las entregas de premio ya no tienen el esplendor que tuvieron en los 70 y en los 80, a pesar del quinquenio gris y de tantos errores de procedimiento que se cometieron durante aquellos años.

¿Quién recuerda, por ejemplo, los nombres de los que han sido reconocidos con el Premio después de los 90? No aparecen registrados siquiera en Ecured y rara vez los homenajeados son objeto de al menos una pequeña entrevista en la prensa escrita o en la televisión.

Por eso me parece ver al David como un premio que decae. A veces, incluso, los veredictos no avalan los libros que luego son publicados por Ediciones Unión. Yo diría que impera una cierta falta de rigor en el que alguna vez fue el premio más codiciado entre los jóvenes escritores cubanos.

No hay que olvidar los nombres de muchas actuales figuras de la literatura de nuestros días que se dieron a conocer con un Premio David. Recordemos que en 1967, en su primera convocatoria, fueron Luis Rogelio Nogueras y Lina de Feria sus ganadores, mientras que al año siguiente, nada menos que Eduardo Heras León asombraba a todo el mundo con su libro La guerra tuvo seis nombres, que sirvió a la crítica y, en general, al mundo intelectual cubano para reparar en un autor que hoy ostenta el Premio Nacional de Literatura.


Portada del premio David 1968


En poesía fueron muchos galardonados, indispensables hoy, con el David. Pero en la narrativa basta citar nombres como los de Senel Paz, Guillermo Vidal, Miguel Mejides, Anna Lidia Vega Serova, Sergio Cevedo, Raúl Aguiar y Ronaldo Menéndez, para comprender el alcance que tuvo aquel primer aval otorgado por la UNEAC a cuentistas hasta entonces desconocidos.

Se pregunta uno también por qué cesaron durante 25 años las convocatorias que, desde 1979, se hacían en el género de ciencia ficción, cuando se sabe que es una de las manifestaciones que goza de mayor preferencia en la actualidad entre las nuevas generaciones.

Daína Chaviano, Agustín de Rojas, Félix Lizárraga y Yoss tuvieron la oportunidad de mostrar su valía gracias a un concurso que, sin temor a equivocarme, fue el que mayor visibilidad y prestigio dio a un género que tiene en Cuba un gran número de lectores y que cultiva una gran cantidad de autores. Fe de ello dan las numerosas antologías que se han realizado en Cuba en los últimos años.

En el 2015 se restituyó el premio de Ciencia Ficción y esto hay que agradecerlo al actual ejecutivo de la Asociación de Escritores pero, en mi opinión, estuvo ausente demasiado tiempo del certamen.

Es verdad que ahora existen una mayor cantidad de concursos para quienes dan a la luz sus primeras obras, pero resulta penoso que el David se encuentre entre los menos importantes de ellos, teniendo en cuenta su historia y su convocatoria por parte de una institución tan importante como la UNEAC.

No basta convocar cada año ni seleccionar jurados prestigiosos. Es preciso volver a darle jerarquía, lucimiento y promoción a un concurso que llega a su medio siglo de existencia sumido casi en la costumbre y rutina que lo han caracterizado en los últimos años.

Estos 50 años deberían servir acaso para reflexionar sobre lo sucedido con un Premio que fue alguna vez el sueño y la realización de tantos jóvenes que sintieron, al ganarlo, que en verdad se les otorgaba el reconocimiento más valioso al que podían aspirar.