00:01 horas

«Te encontré.»

Las palabras impresas en la hoja del telegrama sin más adornos, fue el comienzo de todo. X ignoraba de quién podría tratarse y por qué había deseado encontrarlo, al punto de anunciárselo en el correo. La nota no tenía dirección o nombre, como tampoco una firma pseudónima que le brindase alguna referencia. Así que ese día, se encogió de hombros y dejó el papel en un rincón.

El siguiente telegrama fue más extraño:

«No me ignores.»

X percibió la nota amenazante en la frase. Era cierto que no tenía a su autor cara a cara, pero algo manaba de la tinta: enojo y un rechinar de dientes que le erizó los vellos de la nuca. Impulsado por un pellizco de miedo, juntó el telegrama con el anterior y los guardó en una caja donde escondía baratijas y cosas rotas.

Todo se complicó cuando al día siguiente, las notas aparecieron en su mesita de noche junto a una tercera:

«No lo vuelvas a hacer.»

X examinó de nuevo sus tres telegramas, incluso conectó la plancha y una vez caliente, la pasó por encima de los papeles en busca de una escritura oculta, sin resultados. En realidad lo que más le preocupaba era el cómo había entrado a su casa y quien quiera que fuese, ¿por qué no le robó? El perro que cuidaba el jardín no había emitido un solo ladrido, a pesar de tener muy mal genio.

Ese día cambió las cerraduras de la casa, aseguró las puertas al martillar clavos en el marco y comprobó que el animal estuviese suelto en el jardín. No le había proporcionado comida desde el día anterior con el objetivo de aumentar su ferocidad. Armado con un bate de beisbol se sentó en la sala, dispuesto a pasar una mala noche si con eso atrapaba al acosador que deseaba acabar con su cordura.

Despertó con un sobresalto cuando ya el sol inundaba el salón. Al cerrar la mano, estrujó un pedazo de papel el cual, muerto de nervios, llevó ante sus ojos:

«Fue un buen perro.»

Sintió languidecer, las piernas apenas lo aguantaron cuando en dos zancadas estaba junto a la puerta y repasaba los clavos fuera de la madera. El pestillo no estaba echado, sin embargo, la cerradura todavía brillaba novísima, sin un arañazo que la ultrajase.

Soltó el bate y salió al jardín sin importarle que los vecinos lo viesen en apenas pantalón y de aquel modo tan agresivo. Bajo el poyo de una ventana, descansaba un bulto negro, inerte. En dos pasos salvó la distancia que los separaba y no evitó sentir un nudo en el pecho, como si cargase con un yunque que le cortaba la respiración.

Su perro yacía muerto todavía con los ojos abiertos, vidriosos. El espumarajo en su boca y la rigidez de sus miembros, era clara muestra de envenenamiento. No tuvo tiempo de reaccionar de forma apropiada al descubrir a D, justo del otro lado de la cerca, quien lo saludó secamente, incluso sus ojos eran glaciales.

X le contestó con una inclinación de cabeza y le irritó que sonriese ante la imagen del perro muerto antes de seguir su camino. Reaccionó al detectar en la ventana de la casa vecina el brillo de espejuelos, apenas asomados entre las persianas, en un vano intento por pasar desapercibidos. M siempre fue una vecina adicta a las habladurías y con la cual su relación no era la mejor. No después de una relación fallida. Ella estaría feliz de verlo en apuros, o de sumergirlo en ellos.

X aferró la mortaja inmóvil que era su perro y lo arrastró al interior de la vivienda, sin dejar de pensar quién jugaba con él de esa forma, y cómo fue capaz de zafar los clavos de la puerta para entrar y dejarle el mensaje. Además de D y M, también estaba K, del otro lado de su casa; odiaba al perro con todas sus fuerzas porque ladraba de madrugada y no le dejaba dormir, o también P, que daba patadas a la cerca cuando el animal la mordía ante su paso. ¿A quien culpar? ¿D, M, K, P…? ¿O eran todos al perseguir el fin común de lograr que, de una vez y por todas, se decidiese a mudarse?

Soltó el cadáver en la sala y se apoyó en un butacón, sintiéndose exhausto de repente. La idea de irse de aquel vecindario le rondaba hacía mucho tiempo en la cabeza. Desde que habitó esa casa, sucedían cosas extrañas, como que apareciese una taza de café sucia en el fregadero sin él usarla, la jarra de agua vuelta hielo en la nevera y algunas de sus ropas desaparecían por meses.

Todo se lo había comentado a M en un momento de desahogo, le había entregado las llaves de la casa por si él debía visitar algún apartamento en la ciudad… ¡Por supuesto! Debía ser ella la causante de todo, siempre estuvo algo tocada de la cabeza, la ruptura ocurrió porque no lo dejaba respirar. Corrió a la puerta trasera y maldijo por lo bajo al percatarse de que allí no había puesto clavos. Las huellas de M estarían por doquier.

Regresó a la sala para llamar a la policía, pero al pegarse el auricular al oído, tuvo un salto en el estómago: la línea estaba muerta. Probó con su celular para descubrir que tampoco funcionaba. Estaba ansioso por desatar una investigación que arrollase a M, pero tampoco se atrevía a abandonar su vivienda, ¿y si aprovechaba para hacer algo? ¿Y si no era sólo ella? En los últimos días se había mostrado melosa con D y P. Pero antes de acusar, necesitaba pruebas.

Esa noche clavó las dos puertas de acceso a la casa, escondió dos cámaras de video; una en la sala, dentro de un elefante con detalles de agujeros en la montura, otra en el comedor, entre las frutas decorativas de la mesa, y se retiró a dormir con tanta impaciencia, que pasaron más minutos de los necesarios antes de conciliar el sueño.

Antes de abrir los ojos supo que algo estaba mal. No sólo al sentir la fibra de papel entre los dedos de su mano derecha, sino porque algo flotaba en el ambiente, hiriente, denso, le inundaba los pulmones y lo paralizaba. Se sentó despacio en un falso alarde de calma. Leer el nuevo mensaje hizo que su corazón olvidase un latido:

«Ella ya no puede molestarte.»

Saltó de la cama como impulsado por una descarga y llegó a la sala para detenerse en seco, algo frío se trababa en su garganta, le impedía respirar con normalidad, parecía observar todo de forma distante, por encima de su propio cuerpo, cuando la realidad estaba justo a sus pies.  

M estaba en el suelo, estrangulada por un cinturón que reconoció como suyo.

Desesperado se lanzó contra el elefante y extrajo la cámara para, con manos temblorosas, reproducir lo que había grabado. Fue peor al ver el mensaje digital: «no hay imágenes ni videos». X contempló la pantalla negra como si fuese incapaz de comprender. ¿Habría olvidado activarla? No, él había hecho una grabación de prueba antes de esconderla, aun así, ¿dónde estaba? ¿Por qué estaba vacía la cámara? Se dirigió al comedor a grandes pasos, ignoraba la fatiga, la visión borrosa, sólo que el vacío en el pecho era demasiado real para ignorarlo.

Sacó la segunda cámara de entre las frutas y trasteó en el menú, para obtener el mismo resultado: nada. Cayó sentado en una silla y se aferró la cabeza con fuerza. Si daba parte a la policía, lo culparían del asesinato de M, ya que era su cinto y ambas puertas seguían clavadas, a excepción de la ventana frente a él, cuya hoja estaba a medio abrir, pero si el asesino había usado guantes, no tendría a quien adjudicarle el suceso.

Entonces, notó el pedazo de papel que sobresalía de entre las frutas. Lo agarró con desesperación y lo abrió. Como todos los demás, tenía letras impresas, pero esta vez, se quedó rígido de la impresión:

«Morirás a las 00:01 horas.»

X soltó el papel como si se hubiese quemado. En realidad, eso fue lo que hizo; agarró todos los mensajes y los volvió cenizas en el lavamanos del baño. Como era de día, le daba pavor abandonar la casa y no podía enterrar a M en el patio, la empalmó en un closet que usaba para guardar implementos de limpieza. Echó toda la comida a la basura, incluso los enlatados. Nadie podía asegurarle que no los hubiesen envenenado con una aguja. Cortó el fluido eléctrico de la casa, no recogió el diario, clavó las ventanas y las cubrió con cortinas.

El pánico llegó al caer la noche. El vaticinio correspondía a las doce y un minuto. Moriría a esa hora. Alumbrado por una vela, esperó paciente en el sofá, a que se acercasen a intentar entrar. Ya no llevaba el bate. Le era más funcional un cuchillo bien afilado. Contemplaba el reloj cuadrado sobre la mesita de centro, marcaba las nueve de la noche, o las veintiuna horas. El sonido de las manecillas al correr sólo era opacado por el radio de baterías, donde hablaba un locutor con sonido de estática:

—«… El yogurt contiene un mínimo de cien millones de microorganismos vivos por gramo. Sólo dos bacterias son las propias del yogurt natural: la lactobacillus bulgaricus y streptococcus thermophilus…»

X nunca se había sentido tan tranquilo. Incluso sus manos habían dejado de temblar. Nadie era capaz de entrar a la casa, ya no quedaba un resquicio.

—«Llegando a las diez y media de la noche…» —anunció la radio. El reloj movió sus manecillas hasta la hora exacta. Las veintidós horas y media—, «continuamos con nuestro programa de curiosidades médicas… Las venas de las manos humanas, presentan una distribución geométrica única para cada persona y es invariable con el paso del tiempo…»

Se levantó y atisbó por una esquina de la ventana frontal. El alumbrado público iluminaba la calle vacía con luces naranjas, dándole un aspecto fantasmal a la neblina que siempre vagaba a esas horas. Se ensimismó al escuchar, distante, los televisores encendidos en el resto de las casas, sonidos ahogados de alguna discusión. Su vivienda era la única que no tenía fluido eléctrico. Se preguntó si P o D buscarían a M en su casa en algún momento.

—«Once y cincuenta de la noche…»

X apagó de golpe el radio. Sombras se acercaban con pasos silenciosos, las veía crecer sobre la acera. Alistó el cuchillo y se apartó de la ventana, a la espera. Los cuerpos se definieron y dejó escapar un largo suspiro de alivio. Sólo eran P y su esposa que regresaban, se les veía contentos de ebriedad y por un instante, sintió envidia de la tranquilidad de los dos. Regresó a su puesto en el sofá y contempló el reloj. Las once y cincuenta y ocho. No evitó tensarse, apenas sentía su propia respiración, como si desease que olvidasen aquella casa, a él…

Al sonar la alarma de las doce en punto, X dio un bote del susto y dejó caer el cuchillo. Lo recogió con los nervios a flor de piel y se apostó junto a la puerta, con la respiración contenida. Sentía las manecillas deslizarse por los segundos, tic, tic, tic, tic… su corazón estaba desfasado. Iba más rápido. Tic, tic, tic, había comenzado a sudar de forma copiosa. Casi se cumplía el tiempo…

Nada sucedió. X se adelantó a mirar el reloj y frunció el ceño. Doce y cinco. Las cero horas y cinco minutos. Lo contempló embobado, creyente de que existía alguna especie de truco. Buscó su reloj de pulsera en la habitación, el automático que nunca le fallaba. La hora concordaba. Se dejó caer en el sofá con una oleada de alivio, sonreía, feliz de que todo fuese una broma de muy mal gusto, a excepción de su perro y M. Ahora podría pensar mejor en cómo deshacerse del cuerpo de la mujer y todo volvería a la normalidad. Sintonizó una estación musical en el radio y se dispuso a zafar los clavos de los marcos.

Al quitar el último en la ventana frontal, lo vio. Avanzaba hacia su puerta de forma lenta, algo brillaba en su puño, era incapaz de distinguirle los ojos, pero de repente, se le hicieron los de una bestia. No iba solo; otras dos figuras le seguían de cerca.

X retrocedió a trompicones, el sudor frío volvía a cubrirlo y sentía las manos engarrotadas. Ya estaba allí, la carta fue un engaño para que bajase las defensas, para hacer que quitase los refuerzos, un truco sucio para llegar a él. Lo tenían. Le pareció que reían del otro lado, regocijados de su estupidez y de lo fácil que lo acorralaron.

X localizó el cuchillo al lado del reloj. La una en punto de la noche. Agarró el instrumento y miró sus manos. Las venas de sus manos distribuidas en una única forma geométrica. En una fracción de segundo, pasó el filo por el dorso de su muñeca y el líquido rojo brotó a torrentes sin darle tiempo a comprender lo que había hecho. Todo se volvió un torbellino de colores ante sus ojos, el dolor agudo más la sensación de que todo su ser estallaría, le engarrotaba la mente, perdía noción de sí mismo, estaba cansado, muy cansado. Cayó de rodillas y la mínima satisfacción de morir a una hora diferente a la vaticinada, se hizo añicos al escuchar a la locutora del programa:

—«… y recuerden queridos oyentes, que a las doce de la noche debieron atrasar una hora a sus relojes…»

El reloj marcó la una con un minuto y X cerró los ojos.

Pasaron pocos segundos antes de que levantase los párpados de regreso. Se incorporó con calma y miró su brazo para restañar la sangre con un pedazo de su propia camisa. Z, que ahora vestía la piel de X, se sintió complacido.

Había sido fácil matar la personalidad X para obtener el control del cuerpo. Por suerte, el idiota de X ni siquiera sabía cortarse bien las venas. 

 

Especial para La Jiribilla.


FICHA
Malena Salazar Maciá: Escritora cubana. La Habana, 1988. Estudia Derecho en la Universidad de La Habana. Graduada de Técnico Bachiller de Informática. Es egresada del Taller de formación literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha publicado en diversas antologías y revistas como Manscupia, El Caimán Barbudo, Cosmocápsula y miNatura. Integró el e-book “Varios visitantes inesperados”, organizado por el portal digital Cubaliteraria, presentado en formato CD en la Feria Internacional del Libro de La Habana, 2015. Entre los reconocimientos que ha recibido se cuentan: Mención en el concurso de novela corta HYDRA, en la categoría ciencia-ficción, 2015; Premio David de la UNEAC, en la categoría de novela de ciencia-ficción y el Premio de cuento de ciencia-ficción Juventud Técnica 2016.